Ya lloverá

Ya lloverá

“En veinte años contaremos sobre el 2010: Por la noche había tiros y de día íbamos a trabajar. En el camino, bloqueos. Y será un mal recuerdo”

–@eldacantu, vía Twitter

“Qué optimista”

–Yo

“Bienvenido a Juárez”, dice mi hermano. Y como muero de hambre, no asimilo su ironía; le pregunto a dónde vamos. “Más adelante debe haber una burrería abierta”, responde. Seguimos, seguimos hasta que damos con unas gorditas de harina. Rompo la dieta en tantos pedazos como guisados hay en el pizarrón: asado, deshebrada, chile colorado con carne, ejotes con huevo. Aurelio me secretea: “Esta pobre señora sí paga cuota, carnal. Si no, ni gorditas te tocan”.

Vamos por la avenida rumbo al puente internacional de Waterfill. Calculo que de cada cinco negocios, tres están cerrados. Pasan y pasan camionetas artilladas con Policías Federales armados hasta los dientes y camiones de soldados con estufas y chalecos antibalas. ¿Contra quién pelean?, me pregunto, si la ciudad está peor que nunca. Las extorsiones casi acaban con la industria y el comercio. La violencia, con las familias. Ya ni siquiera es posible beberse unas cervezas y comerse una carnita asada en el patio sin el riesgo de que caigan los federales o los sicarios (o los dos) y te culpen de asociación delictuosa.

Pasa ya la hora de la comida. Ángel Otero, periodista chihuahuense, lanza una pregunta al aire desde su programa radiofónico (para mi gusto uno de los mejores y más valientes del país): “¿Cómo le hacen los criminales para cobrarle cuota a todo mundo en Ciudad Juárez? Porque no se les va ninguno: negocios grandes, changarros, vendedores ambulantes. Legales o ilegales”. Se contesta: “Muy fácil: hacen su trabajo. Van de negocio en negocio, llevan una contabilidad pulcra. Hacen lo que Hacienda no hace”. Es viernes por la tarde; Ángel se despide: “Pero usted pase un buen fin de semana. No haga caso a este programa. Váyase a casa, júntese como su familia en silencio y tómese sus cheves. Y si le tiene mucha confianza, sólo si de verdad confía en él, invite a su compadre…”.

No hay línea en el puente de Ciudad Juárez a El Paso. Mamá comenta: “Ya no vienen ni por medicinas. Nadie visita nuestra ciudad, hijo”. Cruzamos a Texas. A lo lejos, el sol lanza rayos tibios color rosa, anaranjado. En unas cuantas horas empezarán, seguramente, las orgías de sangre del lado mexicano.

Del otro lado, la sed acosa a los vagos; ahora es de noche y salimos a buscar una cerveza. El Paso, la primera o segunda ciudad más segura de Estados Unidos, es una fiesta. Miles toman de Este a Oeste los bares, los restaurantes. Miles que quieren una vida en paz y un empleo fijo. Me impresiona el boom económico. Los migrantes del terror le han inyectado, con sus pesos, un dinamismo envidiable. En el centro paseño las grúas sobre los edificios son astabanderas del progreso. Cumbia, norteña, acordeón, Carlos Santana, ZZ Top, Juan Gabriel, Pink Floyd y Led Zepelin: La diáspora juarense se adueña de las calles. Cae un fresco agradable y la cerveza está lista en las piletas de cemento y hielo picado. A la derecha, burritos de chile relleno o de deshebrada; a la izquierda, flautas, menudo o pozole. Como en Ciudad Juárez antes de la guerra.

La noche se hace corta. Cuando vamos por una última cerveza a un bar muy cerca de mi casa, a mi amiga le piden una identificación y yo lo veo como un cumplido. Pero a ninguno no nos aceptan el español. “¿What?” No sería raro en casi cualquier ciudad de Estados Unidos; lo es en El Paso porque un paseño se sentía siempre en desventaja si no hablaba español; es una ciudad que presta servicios y venden miles de millones al año a casi puros mexicanos. A medianoche, en Chicos Tacos hicieron como que no me entendieron. Chicanos que no saben español, ajá. No los critico. Me acepto paranoico: lo que en realidad me mueve es la posibilidad de que los paseños ya estén hartos de la diáspora juarense. ¿Y si empiezan a rechazarnos? ¿A dónde se van tantos desgraciados que han dejado su ciudad a causa de la guerra? No me quita el sueño, aunque me voy a dormir con esa idea.

Sábado. Cae una lluvia sorpresiva sobre el valle que se extiende al Este de Juárez y El Paso. Un arcoíris cruza la frontera sin pasaporte. Los niños en el barrio de mamá y papá salen a la calle a correr sobre los charcos como lo hice yo hace muchos, muchos, muchos años. Ah, hermosa lluvia. El desierto entero lo festeja. En una orilla de la banqueta salen los renacuajos y en cuestión de dos horas hay ranas y flores. Todos tienen prisa por mostrarse felices y se reproducen: nadie sabe si volverá a llover otra vez en lo que resta del verano. Me abrazo de mis viejos, hablamos todo lo que podemos antes de irme al aeropuerto. Me duele el corazón pero no se los digo porque les duele verme partir y tampoco me lo dicen. Nos besamos. El viejo no se pone de pie: me ve arrastrar la maleta hacia la puerta y nos despedimos, sin más, con un te quiero.

Ciudad Juárez se ve hermoso desde el aire. Esas calles polvorientas; esas manchas de gris que son las maquilas; esos baldíos improductivos que un día cultivaron algodón; esos cerros pelones, y ese cielo, Dios mío, tan generoso, tan colorido. Tan mío. Hermoso. Entrañable.

Cierro la persiana y la señorita me obliga a que la abra. La quiero amenazar con irme a Mexicana pero, ni modo: tenemos Aeroméxico y ya. Mejor cierro los ojos. “Mañana volverá a salir el sol sobre estas sombras”, pienso. Mañana volverán las lluvias a los campos secos. Los huesos no retoñarán, pero los que estén allí saltarán en el charco como sapos, florearán como plantas del desierto. Verán el pasado como una terrible pesadilla.

Ya llegará ese día. Esos nubarrones deben ser los de la lluvia que viene, me digo.

Alejandro Páez Varela /eluniversal.com.mx

Deja un comentario