Volando

Volando

¡Horror al crimen! Ya estamos a treinta. Es un crimen el modo en que el mes se comió al mes. Hace ya dos semanas del magno festejo independiente. Acabo de cortarme el pelo y ya me creció. Acaban de bañar a los perros y ya están sucios. En una semana se han puestos negros como trapeadores. Hace ocho meses me invitaron a dar una platicadita en la OEA y ya viene corriendo el día cuatro en que tendré que subirme, sola, porque no invitan compañía, a un avión rumbo a Washington.

Punto: Me gustan los viajes en tertulia. Pasar por todo el predicamento de las revisiones antes subirse al avión, por el relleno de formas, la comida, el frío del aire acondicionado chismeando el asunto con alguien, es hasta divertido. Hacerlo sola es el hartazgo. Y miren que yo soy buena para ir de mis soledades a mis soledades venir. Caminar a solas me encanta, pensar, hacer ejercicio, leer, escribir, ir de compras. Todo eso, feliz. Pero comer y viajar me cuesta muchísimo trabajo hacerlo a solas. Y, diría Borges, lo cuento porque la experiencia de un ser humano puede parecerse a la de otros y entonces hablo por mí y por muchos. Y no es sólo cosa de humanos esto de tender a las manadas y ambicionar la compañía. Los perros que me duermen junto a mi escritorio también detestan la soledad. Con todo y que no viajan más que a Puebla.

Punto y seguido: El asunto es que viajaré sola a hablar del crecimiento interior en las mujeres. Algo así. Tengo uno de esos temas en que uno puede empezar en donde sea y terminar -como el alumno aquel que sólo sabía hablar de los fenicios-: en los fenicios. Pueblo de barcos, comerciantes y telas preciosas. ¿No era así la lección?

Punto y aparte: Hoy sí que he hilado fino en esto de no decir nada mientras digo y digo. Murió mi amigo Julián Dib. Tendría que presentárselos para que entiendan por qué siento su muerte y desde cuando era mi amigo, aunque haga tantos años que no lo veía. Cuando yo terminé la preparatoria, a los dieciocho, detuve el mundo un ratito. Y me puse a trabajar, es un decir, ayudando a mi papá en el lote de venta de coches usados que era su negocio. Aún resulta conmovedor pensar en los atajos de mi padre. El estudió ingeniería automotriz en Italia, pero en México la única manera de tratar con las máquinas de los autos era vendiéndolos y él tenía pasión por los autos y urgencia de mantenernos con algo. Así que vendía coches usados. Su local estaba junto al de los Dib, que tenían más vocación y destreza para las ventas que cualquiera que pudiéramos tener nosotros. Cuando un cliente caí en mis manos, lo probable es que saliera sin comprar nada. Cuando caí en las de mi padre el cliente se llevaba un coche, lo que no significaba que lo pagaría. Éramos pésimos vendedores. En cambio Julián y su padre, en el lote de junto, comerciaban todo el día. Y en los ratos de ocio nos visitábamos. Quién sabe de qué hablaríamos, porque ahora no me imagino ningún punto en común. Pero entonces Julián hijo empezaba las conversaciones diciendo: ¿Quépsógelitos? Y algo contábamos después. Era largo y flaco, tímido y escéptico. Hablaba una media lengua. De niñas su hermana Lola y yo fuimos muy amigas y su papá me regaló la primera caja de mi larga colección. Una caja de puros, vacía, oliendo a tabaco y madera que aún recuerdo como un tesoro. Los Dib eran como unos parientes sin papeles, legales y legítimos como otros. Luego el tiempo nos puso a cada quien en los suyo y no nos vimos en años. Pero yo supe que Julián tuvo una hija preciosa con una mujer sabia y feliz, que luego se casó y tuvo dos hijos y que siempre, pero siempre tuvo pasión por los coches y la velocidad. Tanta pasión que fue de los coches a los aviones y que murió piloteando uno en el que hacía piruetas. Julián era un piloto preciso aunque insensato, diestro, pero arriesgado. Creo que gozaba volando aviones. Eso se dice ahora y se dijo mucho. Así hay que pensarlo. Julián murió en el azul que tanto le gustaba. Y quien crea en otras vidas ha de mirarlo allá. Yo que creo en ésta, abro ahora la ventana, veo el horizonte rompiendo un lugar entre los árboles y me imagino que algo de su pasión por los aviones debió haberse quedado entre las nubes. De ahí voy a tomar un poco la próxima semana, para ir a Washington sin protestas: volando.

Angeles Mastretta

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