Solo

Solo

Entras en el ascensor y dejas escapar un horrible pedo que te estaba estrangulando las tripas. Has esperado a que se cierren las puertas, has previsto que el motor y las cadenas camuflen el estruendo que provoca la ráfaga de metano caliente saliendo en tromba por el ano. Es un ascensor pequeño y bien iluminado, sin espejos. Dejas caer los párpados mientras disfrutas de la sensación de alivio y escuchas cómo alguien carraspea a tu lado. No estás solo. Un señor trajeado que sostiene un portafolios está apoyado en una de las esquinas de la cabina, tan cerca de ti que vuestros codos se rozan. Obviamente, no lo has visto cuando has entrado. Jurarías que allí dentro no había nadie. Recuerdas perfectamente que el ascensor estaba vacío. Pero allí está el señor del portafolios, mirándote con dureza mientras tratas de buscar una explicación lógica a lo que parece una aparición fantasmal. Invadido por la sorpresa y la vergüenza. Decidiendo sin éxito si debes pedir perdón o si debes empezar a vomitar a gritos todo el terror que intenta abrirse paso a través de tu garganta.

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