Pre-parados

Pre-parados

Escrito por: Ángeles Mastretta/puertolibre

He leído todas las historias del reportaje que diez periodistas de entre 26 y 34 años han hecho y, según entiendo, seguirán haciendo para El País. Se llama Pre-Parados. Ha resultado muy triste leerlas. Son historias desencantadas, que atenazan, que provocan el deseo de ir a abrazar a estos jóvenes que van perdiendo la esperanza, que van dejando España, que fueron a la universidad, hicieron la tarea, fueron aplicados, saben su materia: (geología o periodismo, arquitectura o diseño), escriben con elocuencia, reflexionan, son inteligentes y están dispuestos a trabajar, mucho, tanto como les pidan, siempre y cuando les pidan que trabajen, les den trabajo.

Punto: ¿Qué vamos a hacer?- me preguntaba mientras iba leyéndolos. Porque eso mismo pasa en toda América, ni se diga en México. ¿Qué vamos a hacer? No podemos enterrar ese talento. Esos deseos, esa fuerza, incluso esa rabia contada por los muchachos que van escribiendo su experiencia en el desempleo, en los malos salarios, en la urgencia de emigrar, en la vida cerrándoseles, cercándolos. En la aflicción de sentir que no pueden imaginar su futuro, no saben qué va a pasarles. Una de ellas escribe una irónica carta a los Santos Reyes, pidiéndoles un futuro. Hay otra que lamenta muchísimo tener que recibir dinero de sus padres. La estadística del reportaje dice que el cincuenta por ciento de los jóvenes entre los 25 y los 29 años siguen recibiendo ayuda de sus padres. Y muchos de ellos lo lamentan. Les apena en el doble sentido. Los entristece y los avergüenza. Hay quien cree estar quitándoles a sus padres una segunda época de libertad, un tiempo en el que no ser viejos y tampoco tener que dar dinero a sus hijos. Sólo con esta última pena me he sentido capaz de litigar a cabalidad. Sólo para ésta tengo una respuesta claro. Sépanlo bien chicos, a los papás no nos importa nada más que ustedes. Nunca van a pesar en nuestras casas, más que si a ustedes les pesan sus casas. Esto de vivir con los hijos cuando ya no son niños, me parece una suerte. Algo que traiga esta crisis: Convivencia. Cercanía. Complicidad. Eso es lo único que no debe preocuparles. ¿Y el futuro, queridos? Tiene que tener remedio. Pudieron sus abuelos y sus bisabuelos, hemos podido sus padres, podrán ustedes. Ya están pudiendo al escribir esos textos conmovedores y elocuentes.

Punto y final: Ha empezado el otoño, para algunos no sólo la estación, sino esta parte de la vida en que uno añora los dedos flexibles, las piernas fuertes, los pechos en su lugar y el futuro como una incógnita que incluso amedrenta. Sin embargo, el cuerpo de quienes escribieron esas cartas, está en primavera. ¡Qué envidia! Mírenlo. Gócenlo. Apaciéntenlo. Esa riqueza, la de los veinte y los treinta, les juro que no tiene precio y que no hay desempleo que la merme. Vamos a ver qué hacemos, cómo le hacemos. No se dejen vencer. Y habrá que ir viendo. Verán que hay luz al final del túnel. Verán

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