Piel morena

¿Se dejó llevar el escritor por su talento, por su atracción hacia lo macabro, al punto de cometer un asesinato?

Piel morena

No todo lo gringo es malo ni todo lo malo es gringo. La segunda de estas afirmaciones aún ha de gozar de aquiescencia generalizada. La primera, sin embargo, a menudo requerirá ser argumentada. Una de sus costumbres que sería harto sano importar es la de, al presentar el resumen de una obra de ficción, literaria o cinematográfica, advertir al lector de si se van a narrar pasajes cruciales o incluso el desenlace mismo. En ese caso, lo avisan al inicio del texto con la mención Spoiler Alert, que equivale a “Advertencia: puede arruinar”, arruinar, al revelar la intriga, el interés en la trama original.

Otra de las cosas maravillosas que le debemos a la cultura gringa, de mucha mayor envergadura, es sin duda la figura de Edgar Allan Poe. Su figura, no sólo su obra. El inimitable tantas veces imitado. Hoy hablaré de otro de sus cuentos, protagonizado también por el chevalier C. Auguste Dupin: El misterio de Marie Rogêt, que constituye probablemente un caso único en la historia de la literatura.

Llegados a este punto estoy obligado a activar un Spoiler Alert, pues no podré no dar claves que echarían a perder su lectura. Así que ahora continúe columna abajo, querido lector, sólo en el caso de que ya conozca el relato, o que de plano no tenga el menor interés en leerlo, cosa que le desaconsejo vehementemente. En caso contrario, no le siga; dé vuelta a la hoja y vaya a ver qué dice el sorprendente sieteciencias de La Mont o la dulce polvorilla de Ana Bolena.

La historia fue publicada al inicio de 1843 en el Snowden’s Ladies Companion de Nueva York y narra un caso real: la muerte de una joven vendedora de tabacos, Mary Cecilia Rogers, y cuyo cuerpo fue hallado flotando en el Río Hudson. Los hechos no se vieron resueltos por la policía hasta que Poe lo hizo en su “cuento”.

El autor traslada la acción a París, para que el gran Dupin pueda ocuparse de ella. El Hudson se convierte en el Sena y Mary Cecilia Rogers en la vendedora de perfumes Marie Rogêt. El investigador va siguiendo el apasionante crimen parisino (en una época en que los crímenes todavía apasionaban) exclusivamente por lo que lee en la prensa, de la misma manera que el autor lo había hecho con el asunto real neoyorquino. Dupin resuelve el caso, permitiendo así a la policía de Nueva York hacer lo propio y dar el suyo por cerrado.

Esta “historia de la historia” es ya de por sí asombrosa, pero pérese, lo bueno, es decir, lo malo, lo terrorífico viene ahora. En junio del 42, un año después de la muerte de la joven Rogers y meses antes de la aparición del cuento, Poe escribió a un amigo: “Lo analizo todo con detalle. No he querido omitir nada. Y llego a la conclusión de que la muchacha fue asesinada por un hombre solo, no por una pandilla como suponen los policías. Están siguiendo una pista falsa”.

En el cuento este asesino es un oficial de marina, muy moreno. La versión definitiva de la policía de la Gran Manzana también contempla un marinero, que cortejaba a la muchacha, pero que se habría limitado a llevarla con un espantacigüeñas, a que le practicara un aborto clandestino, a consecuencia del cual Mary habría muerto. El comadrón, por cierto, sí resultó ser un hombre de tez morena.

Más adelante Poe insistirá, en una nueva misiva: “En Marie Rogêt lo cuento todo. Todo excepto lo que no cuento. El oficial naval acabó confesando cuál había sido su papel en esta historia, y el caso fue cerrado. Mejor para la familia. Ya no diré más. Dejémoslo así”. ¿Qué habrá querido decir nuestro Edgar con ese enigmático comentario? ¿Está acaso sugiriendo que posee datos que prefirió no compartir, y que la conclusión de la policía es errónea?

No son pocos los analistas e historiadores de la literatura que así lo consideran. Y los hay incluso que lanzan, como quien no quiere la cosa, la hipótesis de que Poe habría tenido participación directa en los hechos de la que sería la Ciudad de los Rascacielos.

La sola posibilidad es escalofriante: ¿Se dejó llevar el escritor por su talento inconmensurable, por su atracción abismal hacia lo macabro, al punto de cometer un asesinato que después pudiera relatar? ¿Lo habría hecho sólo por el goce de poner en jaque a la policía?

No olvidemos que en los otros dos casos a los que se enfrenta Dupin,El doble crimen de la rue de la Morgue, y La carta robada insiste en que en cada hecho delictivo se establece un complejo juego de mesa, de estrategia y astucia entre el malhechor y el desentrañador. Y, donde no faltará, al menos en una de las partes, el irresistible placer del riesgo.

Poe no cree en el “crimen perfecto”. Más que no creer, no lo quiere. Si no se le dan piezas al adversario, qué chiste. Así, El misterio de Marie Rogêt no es un texto hermético, indescifrable. Hay cabos sueltos y guiños, aquí y allá. Para uso únicamente de los maliciosos.

Edgar hubiera podido fácilmente conocer a la bella Mary Cecilia, pues la tabaquería en que trabajaba era frecuentada por artistas y bohemios. Y si él la hubiera matado, sin querer ser descubierto, hubiera sembrado sospechas adrede. Si no, todo habría resultado aburrido y mediocre. Que se aparten los perspicaces. Dejen paso a los suspicaces.

Ah, por cierto, y por si le interesa, bienquisto lector, Edgar Allan Poefue un hombre de pelo y piel bastante morenos.

 

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