No debería contarlo

No debería contarlo
Marco Rodriguez

¿Y qué si no tenemos ganas de hablar de “las cosas que importan”? ¿Y qué si “las cosas que importan” valen sombrilla -sólo por hoy-, a saber: el narcotráfico, los deportes, la corrupción, los políticos inmorales, los cómicos de a televisión estúpida, la hípica y el club, los votos, los partidos, el Congreso, un presidente obsesionado con los criminales, empresarios empeñados en sangrarnos? ¿Y qué si nos sacudimos de una vida normal, cuando “normal” es respirar las coladeras involuntariamente? ¿Y qué si traficamos perlas con una tortuga bondadosa y mala para los negocios; si encontramos la fuente de la comida que no engorda; si pensamos que los que salen a las seis de la tarde de sus trabajos sí tienen una idea clara de qué hacer con sus vidas sin cine, sin cerveza, sin angustia, y recuerdan bien el día preciso en el que estuvieron vivos por primera vez? ¿Y si nos vale y hoy escribo lo que me venga en gana?)

No debería contarlo, pero me envenena tener que sonreír cuando en realidad quiero juntar hormigas en un botecito para depositarlas lejos y esperar a que formen un hogar en el que la reina no sepa que el fin del mundo llegó hace tiempo, y que soy un zombie amoroso que ha entendido el valor de los milagros.

No debería contarlo, pero el resto de los días que me quedan me parecen muchos, y no lo digo para asustar al banco o a quienes esperan que me llene de hijos: es para decirle a Sabritas que deje de fabricar Cheetos de bolitas porque no hubo, ni habrá, un gordo más fiel que yo.

Se supone que no debería contarlo, pero duermo con la puerta abierta para que alguien entre y me degüelle sin dolor, o para que tú entres, me arañes, me despiertes y me digas que tuve un mal sueño en el que no estabas.

No debería contarlo, pero esta pared de lodo guarda suficientes recuerdos (¡libérame, libérame!) como para decir que no debo mirar atrás, porque el lodo me da alergia y me cagan los diarios, aún el de Ana Frank.

No debería contarlo, pero noviembre está demasiado lejos si alcanzo a vivirlo, y septiembre huele turbio y enero es el principio de una fiesta aburrida.

No debería contarlo, pero tengo ganas de quejarme porque nadie se parece a ti: ni las que rayan en la perfección, ni las que son ejemplo de las vanguardias, ni las que tienen tantos lunares o tantos dientes podridos como para espantar al drogadicto del barrio.

No debería contarlo, pero no me importa si soy el primero en tu vida o eres la última, siempre y cuando seas la mía.

Se supone que no debería contarlo, pero hay días en los que despierto con ganas de que rondes mi edificio, y no para volver a vivir lo que ya no se vive (porque así es la vida: cuenta arriba), sino para regalarte mi ánimo y para que hagas con él lo que sabes hacer mejor: dejarlo escapar.

No debería decirlo, pero cada tarde es más pequeña, y cada noche es más larga, y cada camino lleva más polvo, y las horas son plantas sin abejas en un jardín que me empeño en cultivar para ti, aunque sepa que no será tuyo.

No debería contarlo. No hoy, cuando existen tantas “cosas que importan”. No hoy, cuando este país se desangra. No hoy, cuando la poesía lleva pólvora y estruendos de granadas. No hoy, cuando los corruptos son más corruptos y los idiotas más idiotas.

Se supone que no debería contarlo, pero no puedo guardar silencio: Soy incapaz de gritar al aire, de respirar, de mirar la sangre, de sacudir el polvo, de destruirme el hígado y de abandonar la esperanza sin pensar en ti.

“Las cosas que importan” sí importan porque estás tú. Pero, ¡qué bueno!, importan menos cada vez. Pasa el otoño, viene el invierno.

Hay primaveras que no volverán.

Alejandro Páez Varela

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