México: el silencio de los corderos

México: el silencio de los corderos

La violencia en México es una olimpiada donde cada día la muerte conquista otra medalla de oro. Cuando ojos, corazón y lágrimas estaban en Ciudad Juárez, Torreón tomó el relevo. Cuando el miedo parecía carretera o avenida en Monterrey, se transformó en coche-bomba.

En toda la guerra de Afganistán, que lleva nueve años, se cuentan 20 mil muertos. En la falsa, y hasta hoy perdida, guerra contra el narco, de tres años, 8 meses, llevamos 25 mil muertos. Cuando en Irak se promediaban 94 muertes diarias en el periodo más crudo, aquí llegamos a 31. Datos pasmosos, pero me asombra más nuestra capacidad de aguante, la insensibilidad ante la muerte y la perversidad que hemos alcanzado. El asesinato de nuestros hijos en fiestas en Torreón o en Ciudad Juárez muestra que el objetivo no sólo es aterrorizar sino atentar contra lo que más nos duele.

En cualquier país, tales acciones terroristas hubieran significado el grito nacional, pero en México se nos puede matar con la certeza cruel de que nadie hace nada. ¿Cuándo acabará el silencio de los corderos mexicanos?, ¿cuántos miles de muertos y cuánto miedo seguiremos acumulando?

La sangre de los 17 jóvenes masacrados en Torreón más los 15 muertos en enero en Ciudad Juárez, de los casi 25 mil muertos y cientos de víctimas colaterales del sexenio, del ex candidato tamaulipeco Torre Cantú, de los tres policías y un médico asesinados por el coche-bomba —toda sangre mexicana— están manchando al presidente Calderón, por no entender que es imposible ganar la guerra con la casa dividida; a los partidos, porque mueren sus hijos y militantes, y a nosotros, por no echar abajo esta mascarada de semi-Estado incapaz siquiera de vigilar y proteger un cumpleaños.

Esos parásitos convertidos en servidores públicos, secretarios, administradores del fracaso de la sociedad mexicana, piensan que a ellos no les puede pasar que mientras comen en su restaurante de lujo éste sea tomado por sicarios que sin piedad abra fuego con sus cuernos de chivo.

Aunque Calderón se equivocó al declarar esta guerra, todos tenemos la obligación de acabarla. No podemos seguir siendo un país que ante la catástrofe reaccione tarde y mal. Entonces, ¿qué esperan para ponerse de acuerdo?, ¿quién les hará ver que seguridad implica prevenir y no sólo lavar la sangre de nuestros hijos con el agua sucia de sus discursos?, ¿quién le pedirá a Estados Unidos sus aviones espías que buscan inmigrantes para que detecten las caravanas de la muerte que vienen, con sus cristales entintados y armas de última generación, a asesinar a nuestros jóvenes? ¿Quién podrá decirnos que no somos corderos en camino al matadero?

Antonio Navalon

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