Los Trinis

Los Trinis

Un amigo escritor de Tijuana me contaba que cuando dijo en un foro que cada narco era un empresario-en-potencia que perdimos en algún momento, se le echaron encima como si fuera perro con sarna. Y le fue bien. Porque hoy se apalea al que se atreve a hablar de legalización de las drogas, y hasta las viudas de la guerra son parte del mal. Alguna vez escribí que deberíamos pensar en una amnistía para los jóvenes metidos en el tráfico de drogas, sobre todo para los sicarios; ofrecerles una vida nueva, un empleo, seguridad social y estudios; me llovieron las críticas. El Estado no acepta huérfanos y, ¿saben qué?, los que pensamos que la estrategia armada es un error somos, de facto, enemigos del orden establecido por policías, generadores de políticas públicas, ciertos periodistas pagados.

Se explica muy fácilmente en la filosofía de “el que no está conmigo está en mi contra”; el que no está con “el bien” está con “el mal” y merece ser castigado. Madeleine Albright lo explicaba así, hablando del gobierno de George W. Bush: La derecha no sabe flaquear; cree que su cruzada tiene inspiración de Dios. Y Dios no tiene un plan B. Dios sólo tiene un plan, el A, y de allí no se mueve porque Él no se equivoca. Y en este sexenio es impensable ser flexibles, humanos. Dios (su dios, no mi Dios) y esta administración no se equivocan: no hay un plan alternativo frente a una tragedia humanitaria que ya lleva por lo menos 30 mil muertos.

Quería dedicar este artículo a la desesperanza. Y hasta escribí unos primeros párrafos: “La revolución es de los jóvenes. / Yo renuncio. No seré Talibán, no me iré puerta por puerta a predicar el Evangelio. No buscaré reunir masas en un concierto ni me uniré a los ejércitos de pizzeros que queman adrenalina desenfrenadamente entre los autos de las ciudades sin temor al tiempo o a los semáforos. No seré musulmán, judío, católico radicales. Llevaré, en el mejor de los casos, la vida en paz que se me asigna: la del ciudadano aburrido y asustado”.

Pensaba en la desesperanza y en los Ninis, en los cientos de miles que en este país que no tienen empleo o trabajo. Pensaba en las pocas opciones que tienen los jóvenes, a los que les fallamos como sociedad y ahora nos reclaman a tiros. Pensaba en esos miles de prescindibles que se lanzan a una guerra idiota que confronta a fregados (soldados, federales) contra fregados (sicarios, narquillos). Pensaba en que tanta sangre sólo viene al caso porque en este país se cerraron las oportunidades para millones.

Los Ninis. Qué vamos a hacer con ellos. Opino que primero reconocerlos. Y si queremos que quede país, ir después a su rescate.

Quizás nunca nos pongamos de acuerdo sobre cuántos son los Ninis. Para empezar, porque no sabremos cómo localizarlos, contarlos, clasificarlos. Porque tengo 10 amigos que no estudian y hacen como que trabajan; porque otros son autodidactas -no es broma- y de empleo, uf, no les conozco uno estable. ¿Son Ninis? Conozco los que ni trabajan ni tienen empleo y tampoco quieren alguno de los dos sino la pachanga. Y hay miles y miles de mexicanas en este momento que se dedican a su hogar, a sacar adelante con uñas y dientes a los millones de mexicanos que serán estadística mañana. ¿Cuentan? Porque miles venden drogas, miles se dedican a la piratería, miles al comercio informal en los vagones de Metro o en las afueras de las paradas de autobús en cualquier ciudad. Miles y miles venden quesadillas sin queso en el DF, burritos de asaderos en Chihuahua, tortillones en Torreón, semitas en Puebla o puros (supuestamente cubanos, que huelen a perfume) en el puerto de Veracruz o en otras ciudades playeras; esos, ¿se cuentan como Ninis? Porque tuve una novia a la que todavía quiero que vivía de propinas y antes, de bailar los batacazos de un novio hippie con el que recorrió el mundo antes de conocerme; porque miles y miles de ciudadanos nacen en pueblos que apenas tienen nombre o en barrios sin pavimento y sin drenaje (que es, señores, como no tener madre) y aunque jalan de aquí y de allá unos pesos para vivir, ni estudian ni trabajan y no reportan a ninguna institución y son indígenas o miserables en extremo y entonces pregunto: esos desaparecidos, perdidos, los fuera de la estadística, ¿cuentan como Ninis?

Porque están los enfermos mentales, los yonquis, los sicarios, los presos, los parias, los aplastados con discapacidades, los pobres de los pobres que ni ellos ni sus padres tienen escuela o trabajo. ¿Esos también son Ninis?

Porque están sus hijos, y los hijos del México que viene. Sin futuro y sin destino, sin esperanza, ¿usted les rechazaría desde ahora el perdón? ¿Que les caiga toda la fuerza de un Estado que no pudo darles educación, salud, empleo?

O que se vuelvan Trinis, el mayor producto del sexenio. Son los que ni trabajan, ni estudian, ni viven. Son esos miles ya muertos que no tuvieron tiempo para pensar en el bien o en el mal (y por lo tanto no merecían otra oportunidad) porque, engañados por el crimen organizado, estaban atareados en sobrevivir. Y un día cualquiera cayeron de rodillas, sobre el pecho, en un charco de sangre propia. Como perros machucados en las avenidas.

Son los que no merecen amnistía, una segunda oportunidad o comprensión. (Para esos, todo el poder del Estado aunque los jefes de jefes sigan despachando desde la clandestinidad). Son los que quedarán como una estadística vaga, incómoda y maldita.

Alejandro Paez Varela/eluniversal.com.mx

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