Linchar a los politícos

Linchar a los politícos

Si se me preguntara qué hacer para volver la política un asunto honrado no dudaría en responder: debemos eliminar a los políticos. Una propuesta de esta naturaleza parece absurda en cuanto nuestras complejas sociedades no permiten, a riesgo de sufrir un colapso, soluciones sencillas o determinantes. Sin embargo, se trata de un buen principio para encarar las relaciones ciudadanas. Cada vez que podamos actuar sin la intervención de un político profesional las cosas marcharán por buen camino.

Para ser político tienes que ser un león o una zorra, pero no un cordero, escribió Norberto Bobbio en un breve ensayo sobre la templanza y la moderación. El hombre moderado no posee una vanidosa opinión acerca de sí mismo y se inclina a pensar que es la miseria lo esencial en el hombre, y no su grandeza: este hombre moderado tiene la certeza de que su presencia no es indispensable. De un político se desconfía siempre, aun cuando sus palabras e incluso sus actos nos den la impresión de ser virtuosos. En México los políticos han sido, salvo contadas excepciones, una vergüenza pública: su preocupación más importante es obtener beneficios para sí mismos en detrimento del bien común. Lucran con las desgracias de su comunidad en pos de fortalecer o imponer su imagen para propósitos electorales. La guerra perpetua que se ha desatado entre los políticos no les permite dedicarse o siquiera interesarse por el bien público. Leones o zorras, devoran o se burlan del cordero que no desea nada más que un lugar donde vivir tranquilo. Convertir la tierra en un lugar habitable tendría que ser el más importante fin de cualquier político. Imre Kertész, describe esta necesidad de un modo sencillo: “¿Patria, hogar, país? Es posible que los seres humanos se den cuenta algún día de que todos estos valores son abstractos y que para vivir sólo necesitamos, en realidad, un lugar habitable.”

En una comunidad formada sólo por hombres sensatos los políticos ocuparían un modesto papel en la organización social: serían tan importantes como los jardineros o los vendedores de fruta. Los periódicos les dedicarían el mismo espacio reservado para los obituarios. Sin embargo, en esta sociedad de alucinados —como la llama Cioran—, los políticos ocupan ambiciosos espacios en los medios: los encontramos hasta en la sopa. Saben que su imagen es su moneda de cambio y van al congreso como si fueran al mercado. Hace no muchas décadas algunos políticos escuchaban el consejo de los intelectuales: hoy, bufones ansiosos de votos, prefieren rodearse de asesores de imagen. En las democracias actuales el presidente perfecto es aquel que hace exclamar a la gente: “¡Yo podría haber ocupado su puesto!”

Linchar a los politicos

Tal parece que en las sociedades mediáticas el oficio de los leones es convencer a los ciudadanos de que en realidad son corderos, o aún peor, tontos. En México sufrimos un exceso de mala, nauseabunda política: años antes de que se lleven a cabo los comicios presidenciales un ejército de analistas, periodistas, comentaristas nos atosigan con sus opiniones acerca de las zorras o leones que aspiran a ocupar ese cargo. Extravagantes cantidades de dinero circulan en los medios para promover candidaturas cuando los ciudadanos en su mayoría viven en la miseria. Desde esa miseria no es posible, por supuesto, pensar, reflexionar, decidir con tranquilidad y es sencillo ser presa de un arrebato colectivo: décadas enteras de mala política, de inmensos desequilibrios económicos, de pésima educación no pueden más que llevar a una comunidad al suicidio o a la histeria.

Norberto Bobbio hacía notar que en las sociedades llamadas de bienestar el moralista es considerado además de un aguafiestas,un llorón o predicador ridículo. Si uno quiere hacer callar al ciudadano que protesta o que aún posee la capacidad de indignarse sólo habrá que acusarlo de moralista, dice Bobbio, para derrotarlo o hacerlo sentir vergüenza. En lo personal me acepto como un moralista sin esperanzas, aunque pienso que si en el futuro las sociedades occidentales progresan en el terreno del ámbito moral, la figura del político tendrá necesariamente que desaparecer. Que así sea.

Guillermo Fadanelli

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