El orín

El orín

A efectos de los enseres domésticos no es igual referirse al orín, como una sustancia común a todos los habitantes. El orín del esposo y el orín de la esposa difieren sensiblemente tanto en el olor y la consistencia física como en la composición  y la significación simbólica.

Hay un orín corrientemente odiado, refutado y denigrado, correspondiente al hombre/hombre de manera que no habrá nunca modo de aplicarle algún tratamiento que no signifique sino impugnación, su ignominia y su impertinencia.

Efectivamente se da el caso de ciertas esposas condescendientes y eminentemente maternales que toleran esa secreción masculina como un mal menor pero no suele ser de ningún modo la norma. Lo habitual es afear la micción masculina como un hecho asqueroso, sea por su intenso olor como por su trayectoria fuera del sitio establecido. Cuestiones ambas parcialmente asumidas en la vida de convivencia o más bien tenidas  como una lacra del hogar siendo sus  líquidos turbios una constante desacreditada y negativamente juzgada.  Pero, además, puesto que el aumento de la edad crea a través de la próstata declinantes efectos y humillantes frecuencia en la fuerza y la cadencia del chorro su paso a la chirigota, más o menos cruel, no tarde de referirse en las conversaciones. Puesto que la próstata y su desarrollo al pasar del tiempo decide la definitiva energía de la micción es fácil la equivalencia entre la potencia de esa eyección  y de la potencia sexual . Con lo cual el orín se yergue en un indicio mismo de la virilidad y de la relativa decadencia corporal de quien lo emana.

El orín del niño o de la niña poseen igual tratamiento y lugar en el sistema social y la benevolencia o la ternura hacia ellos confunde sus  valores en cuanto hacen de esa excrecencia una señal  inocente y de esa humedad una misión alegre, dulce y bien amada.

Más adelante, sin embargo, frente  el orinar de la mujer que a menudo se incluye entre  lo sexy,  el orín masculino sólo es peste o inmundicia. Los mutros de la ciudad se cubren de la chorreante mancha que el hombre lanza impunemente sobre las fachadas  mientras el orín de la mujer queda  recluido o recatado en su sitio, coquetamente confinado en los retretes. Neruda canta el sonido del orín de su querida que amada desde la otra punta del patio y ese ruido evoca la continuación de una viva atracción sexual que se decora y prolonga. Pudiendo ser, en el caso de los hombres el orín una alusión más inmediata al orgasmo y la expulsión del semen, los dos casos se hallan radicalmente escindidos y sin importar incluso que su conducción parezca del todo la misma.

Definitivamente, el orín masculino corresponde a la parte más canalla o bruta del macho, mientras el orín  femenino se acerca a la calidad de un ornamento a colonia singular que reúne en su interior la intensidad y cualidad de una lubricia real o imaginada.

De este modo, en el espacio doméstico sólo el orín del hombre, fuera o dentro de la taza, sufre la incuestionable consideración de la porquería. No hay atenuante para el orín masculino que a menudo si se expone, a menudo, fuera de su sitio en la toilette no será sólo signo de un tolerable descuido sino prueba adicional de la insufrible prepotencia del patriarcado y su probable relación con el maltrato de mujeres. Víctimas aquí también, las mujeres, de un agravio o incluso una agresión que las obliga a soportar el carácter de por sí ultrajante de los varones, sea cualquiera el grado en que sea.

Una mujer es, en general, un ser sin apenas necesidad de orinar y, excluyendo los momentos de alguna enfermedad, la alusión queda reducida al “pipí” infantil o enteramente excluida del habla. Los hombres hablan, sin embargo, con gran soltura de mear aquí y allá o de hacerlo groseramente, ofensivamente, sobre esto y aquello.

En casa, mientras las mujeres se encierran discretamente en el cuarto de baño, los hombres apenas se recluyen para una micción  sin apenas cuidado en ocultarla o enmascararla. Ese orín de hombre es, consecuentemente, el que más se oye, se huele y existe en la vivienda. Olor de orines que no son sino olores del peor género masculino y en donde  se adensa la pestilencia, el insulto o la desfachatez. Así, en la descarada molestia que encierra se halla la insinuante cara simbólica de la violencia doméstica. Una descontrolada violencia proveniente de ese macho que se expande insolentemente en la orina y marca la semejanza entre su aparente humanidad y su temible inhumanidad encerrada en la delirante presión la vejiga.

Vicente Verdú

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