¿Un país con destino?

¿Un país con destino?

Dice el himno nacional de México en una de sus estrofas más delirantes: “Piensa ¡oh Patria!, querida, que el cielo/ un soldado en cada hijo te dio”. Habría que pensar bien cada vez que lo cantemos con la energía y el fervor que nos caracterizan en las fiestas. Y es que yo creo que lo nuestro debe ser la paz. Que justo por las penas que pasa nuestro país, los mexicanos, deberíamos buscar no un soldado en cada hijo esperando un laurel en la gloria, sino en cada uno de nosotros una persona capaz de imaginar, decidir el país de todos nuestros días, como un sitio al que podamos acceder con dignidad, con alegría y sin miedo.

Punto: ¿Hay algo que celebrar?, nos preguntan. ¿Vivimos en un país con destino? ¿Seremos capaces de construir lo que aún no conseguimos a cabalidad? No sólo independencia, sino justicia, riqueza, respeto por los demás, esperanza en nosotros.

Punto y seguido: Por miedo a parecer cursi, condescendiente, ingenua, muchas veces me callo la voluntad de esperanza en la que creo que deberíamos empeñarnos. Oigo hablar del país, de nuestro país, como de un lugar del que sería mejor salir huyendo, como si el territorio en que vivimos, por el que atravesamos con más espanto que imaginación, fuera responsabilidad de otros, culpa de otros, desgracia de otros. Y no también nuestra.

Dos puntos: Llevamos años puestos a denostar el único mundo que tenemos, como si las cosas desagradables que aquí suceden nos dieran cierto gusto, cumplieran con creces el presagio de horror que tanto disfrutamos tejiendo.

“Mugre país”, dicen algunos, como si al llamarlo mugre quedaran exentos del deber de cuidarlo. “País lleno de abyección” dicen como si al mencionarla, esta palabra no fuera a salpicarles la boca. “Vivimos entre perversos, extorsionadores, desquiciados”, decimos como si al decirlo, con tan exacta buena conciencia, pintáramos la raya que nos separa de los demás.

Punto y aparte: Con tantos datos a favor del miedo, de la decepción, dirían muchos que suena cretino el empeño en la esperanza. Sin embargo, cuando uno hace el recuento de todo el esfuerzo, toda la valentía, toda la disciplina y el fervor que tantos mexicanos ponen en su diario quehacer, tiene derecho a preguntarse si la suma del bien privado puede trastocar lo público. Y tiene derecho a creer que sí.

Punto final: Lo mismo pienso para cualquier país de América y para España. Porque, según leo, a buena parte de españoles les ha entrado esta manía de la queja y la desesperanza que en los últimos años era más propia de estos rumbos.

Puntos suspensivos: Ya sé. Caemos mal los empeñados en la esperanza. Pero ni modo. Nuestros hijos tienen que creernos que no los pusimos aquí para morirse de pena. Algunos ya lo hacen. Viven con alegría y valor. No hablaré sólo de los que conozco en persona. En este blog, hay muchos jóvenes con la esperanza a cuestas a los que no voy a decirles que esto se ve horrible. Porque no lo creo. Y no quiero darme aires de derrota, para oírme más interesante.

Música para hoy: dicen que me han de quitar/ las veredas por donde ando/ las veredas quitarán/pero la querencia cuándo.

Tengan ustedes buena semana.

Angeles Mastretta/puerto libre

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