¿Qué tan mal está México?

¿Qué tan mal está México?

Los ánimos nacionales no andan muy encendidos que digamos. O, por lo menos, es lo que parece cuando echas un vistazo a las columnas de los diarios o lees las cartas de los lectores o miras los inquietantes informativos de la tele o te sumerges en los espacios de la Internet.

Felipe Calderón aprovechó gran parte de su informe de Gobierno para hablar sobre la inseguridad: no hace falta decir que el tema es tenebroso de necesidad. Pero es la experiencia de lo cotidiano, sobre todo, la que decide nuestro malestar: escuchamos, a diario y en el entorno inmediato, historias de robos, secuestros, desapariciones y asesinatos. Padecemos en carne propia, además, los golpes de la delincuencia: a mí, para mayores señas, me han atracado tres veces, dos de ellas a punta de pistola; a mi ex mujer la asaltaron para quitarle su reloj, a una hija de ella también, a su hermana le descerrajaron un balazo que le atravesó un pulmón cuando quiso resistirse a un atraco, a un colega lo asesinaron en Tijuana, a muchos compañeros de trabajo les han robado todo lo que tenían en sus casas, etcétera, etcétera, etcétera. Si a todo esto le añades las imágenes de los cuerpos decapitados que cuelgan de los puentes y las noticias de las decenas de ejecuciones que ocurren cada 24 horas entonces no puedes menos que preguntarte, sin alarmismo alguno, si el país no se está cayendo a pedazos.

Y no parece, además, que pueda vislumbrarse una luz al final del túnel: los grandes males requieren de grandes remedios pero nuestra clase política no sólo carece de cualquier residuo de grandeza sino que desperdicia todos sus esfuerzos en mezquinas querellas partidistas: le han dicho a nuestros congresistas, bien alto y bien fuerte, que renuncien si no pueden resolver el problema. Pues, ahí están y ahí siguen, incapaces siquiera de conformar una Policía Nacional, de promover la autonomía del Ministerio Público, de clasificar debidamente los delitos del fuero federal y de legislar para que se reduzca la escandalosa impunidad que padecemos en este país.

Ahora bien, dirijamos la mirada hacia los países con los que nos podemos comparar. Brasil, por ejemplo, que tan de moda está: a pesar de todo lo que está ocurriendo aquí, su tasa de homicidios es mucho más alta; y lo mismo se puede decir de Venezuela y Colombia. En cuanto al desempeño económico, seguimos estando por encima de esas naciones: hasta 2008 teníamos el PIB per capita más alto de Latinoamérica (ahora es Chile el que ocupa el primer lugar, seguido por la Argentina y México en tercera posición). Y, si bien es cierto que la política mexicana deja mucho que desear, debemos reconocer que es imposible que tenga lugar, en nuestro país, una estrategia de acoso como la que están ejecutando los Kirchner en contra del diario El Claríny su grupo de medios. Tampoco es imaginable que el presidente de la República meta la mano en el Banco Central ni que manipule los datos de la inflación como sí lo hace Cristina Fernández en la nación austral. No tenemos, aquí, nada comparable a la persecución contra la prensa opositora que llevan a cabo Evo Morales, Hugo Chávez y Daniel Ortega. Y, aunque en ciertos círculos de la izquierda vociferen que un Gobierno “fascista” nos avasalla, la realidad es que la solidez de las instituciones de la República nos preserva de cualquier intentona autoritaria como la del presidente-comandante de Venezuela (no he sabido, por cierto, de ningún régimen de corte fascista que tolere ceremonias de consagración de presidentes “legítimos” y la existencia de órganos de prensa tan críticos y agresivos como los de México). Por, último, disfrutamos de una estabilidad económica envidiable que, en un país que se las agenciaba para empantanarse en devaluaciones catastróficas y endeudamientos impagables significa una nueva cultura financiera nacional.

¿Qué pasa, entonces? ¿Por qué predomina una visión tan negativa? Podríamos responder que el asunto de la inseguridad, en tanto que representa una amenaza directa a la persona, termina por emponzoñar todos los espacios. Sin embargo, hay algo más y tiene que ver, precisamente, con el desprestigio de nuestra clase política y la poca confianza que le tenemos: no esperamos, de ellos, ninguna solución. Dicho en otras palabras, vivimos en una situación de permanente desencanto. Y, al mismo tiempo, nos hemos convertido, paradójicamente, en una sociedad exigente, enfurecida y con mucha propensión a la crítica. Esto no es necesariamente una mala noticia. Porque, tarde o temprano, el poder político y la clase gubernamental tendrán que ofrecer resultados. Arremeter contra Calderón es muy cómodo en una situación de enfrentamientos y divisiones. Pero ¿acaso Peña Nieto, o el que llegue, va a poder resolver los problemas de un plumazo y ganarse, en automático, las simpatías de toda la gente? No lo creo. Algún día, los partidos políticos —todos— estarán realmente obligados a celebrar pactos, alianzas y acuerdos. No se puede vivir eternamente en un país de gente enojada. El catastrofismo tiene fecha de caducidad.

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