Suicidio

Suicidio

La primera vez que quise suicidarme fue a los ocho años. Es verdad. Amagué a mis hermanos con lanzarme desde la ventana de un tercer piso. Y aunque a esa edad los huesos son elásticos, creo que mi humanidad habría cambiado de apariencia. Estoy seguro de que habría sobrevivido, pero no sé en qué condiciones. Acaso sería un tullido interesante. Ante la perspectiva de mi suicidio, mis hermanos menores lloraban y me suplicaban que no me arrojara al vacío. Ahora se habrán arrepentido, pero entonces sus lágrimas me parecieron tan convincentes que dejé para el futuro asunto tan importante. Yo no sé por qué un niño de ocho años toma la decisión de suicidarse, ni creo que sus razones logren convencer a un adulto, pero el impulso de estrellarme contra la banqueta era genuino.

Mis padres reñían, las niñas de mi edad me consideraban un mal partido, el hermano de mi madre gemía porque su mujer lo engañaba, mi perro era paralítico, los vecinos me parecían odiosos, mi maestra de tercero era tan bella que yo no hacía mas que pensar en ella a todas horas, mis amigos eran tan pobres y estúpidos, mi casa tan pequeña, el director de mi escuela me presionaba para representar a la institución en un concurso de oratoria, mi abuela cambiaba de amantes cada semana, no sé cuál de todas estas razones habrá sido entonces la causante de mi intento suicida, pero lo único cierto es que ese niño tenía medio cuerpo más allá de la ventana y si sus hermanos no hubieran berreado al unísono se habría tirado de cabeza contra la acera. Mal comenzaba mi paso por esta vida.

Durante mi adolescencia intenté suicidarme en un par de ocasiones, pero a diferencia de aquella primera vez no tuve la convicción necesaria para hacerlo. Lo que me animaba a dejar el escenario a tan temprana edad era el hecho inestimable de que un suicida acapara la atención de quienes lo aman. Eso es invaluable para un ser tímido, aprehensivo y que no se acostumbra al inconveniente de haber nacido. Para mi desgracia, la pobreza económica de mis padres les impidió darme la atención que yo merecía y estoy cierto de que un hijo menos les habría solucionado problemas de espacio y alimento. Un niño de 13 años come tanto como una manada de hienas. Mis padres no tenían dinero para enviarme a un psicólogo, ni ánimos para remediar mis tribulaciones. Cómo me arrepiento de haberles dado esas preocupaciones absurdas. Es verdad manida pero certera que sólo los ricos tienen derecho a suicidarse.

A los 19 años leí a Camus, a Sartre y mi libro de cabecera fue La metamorfosis. Entonces supe que jamás me cortaría las venas. El mundo mismo era tan detestable que un suicidio no habría sido una renuncia, sino una verdadera afirmación de la vida. Mi novia en esa época tenía 15 años y era hermosa como un níspero que da sus primeros frutos dorados. Vivimos varios años de buen amor hasta que un día le prometí que si me abandonaba por otro me ahorcaría en el parque que estaba frente a su casa. Debí callarme. Una semana después de mi amenaza decidió romper conmigo y yo no tuve la entereza ni el valor para transitar al mundo de las sombras. Ser inclinadas al drama no hace a las personas más humanas ni más sabias. Al contrario, es entonces cuando más nos parecemos a los pájaros que alborotan desde los árboles, o a los perros que mean donde les viene en gana.

Guillermo Fadanelli

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