Se fue uno de los mejores

Se fue uno de los mejores

Para los amantes del periodismo, era placentero leer los escritos del maestro Carlos J. Villar Borda. El texto más breve contenía su famosa fórmula de que cada párrafo debía tener una idea, y cada línea, una noticia, a lo que se agregaba un estilo limpio, directo, con buen manejo del idioma. Con asombrosa fluidez encontraba la “palabrita exacta” para darles precisión a los relatos. Una suma de todo esto completaba el cuadro perfecto que siempre buscaba para sus noticias, crónicas y reportajes: la brevedad. Allí quedaba elaborado el ejemplo gráfico de su cita favorita, de Baltasar Gracián, que repitió con frecuencia a las generaciones de periodistas que formó: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

Pero no solo era placentero leerlo. También era rico ver y oír escribir a este veterano de mil batallas, uno de los periodistas colombianos más reconocidos de América Latina, quien acaba de fallecer en Bogotá. No perdía su impecable elegancia mientras su Remington disparaba los caracteres que le daban forma a hermosas piezas periodísticas.

El maestro Carlos J. escribía erguido, con el saco apuntado, su corbatín bien alineado y haciendo gala de una memoria prodigiosa, que prácticamente lo eximía de consultar apuntes.
Inevitablemente, la muerte de este periodista obliga a evocar una de las mejores épocas del periodismo colombiano. La de la máquina de escribir, la de la libreta de apuntes, la de la ética, la de la independencia y, sobre todo, la de la pasión.

Carlos J. Villar Borda vivió el periodismo desde muy niño y hasta el último instante de su vida. Aprendió al lado de su padre y, con un rigor que pudo haber llegado hasta el estoicismo, alcanzó las máximas alturas de una profesión a la que siempre honró y de la cual hizo una causa que compartió con mucha de la muchachada que ayudó a formar.

Ya como director de la United Press International (UPI) en Colombia, Ecuador o Perú, ya como corresponsal en la Casa Blanca, ya como vicepresidente de esa agencia internacional de noticias, ya como Coordinador de la Redacción de EL TIEMPO, ya como editor del Noticiero Suramericana de Televisión o como maestro de los reporteros que elaboraban el Reporter Esso, Carlos J. Villar Borda fue un gran forjador de comunicadores.
Las generaciones de periodistas que se formaron entre las décadas del 50 y el 80 tienen en él un punto obligado de referencia. Uno de sus primeros alumnos fue su hermano Leopoldo, a quien luego vería llegar a destacadas posiciones dentro del gremio, como la dirección de la revista Visión, al lado de Alberto Lleras Camargo, otro grande del periodismo y las letras colombianas, o como Defensor del Lector en EL TIEMPO.

En sus épocas de Coordinador de la Redacción de EL TIEMPO, en la década del 70, escribía semanalmente una carta para la redacción, en la cual analizaba el desempeño del periódico en el cubrimiento de los acontecimientos de los últimos siete días. Era alentadora, imprimía ánimo, pero a la vez era una reflexión crítica, apasionada y nada contemporizadora con fallas o esguinces al deber profesional. De esas cartas, que algunos conservan como un tesoro, surgió el primer Manual de Redacción, escrito por él como norma de obligatorio cumplimiento para los periodistas de EL TIEMPO.

Nunca se dejó doblegar ante los poderes. Fue el primer periodista exiliado de Colombia. Perseguido por la dictadura de Rojas Pinilla, tuvo que salir del país, camino que al cabo de los años seguirían muchos de sus colegas. Descubrió talentos y destapó ollas podridas. Investigó con su hermano Leopoldo las declaraciones de renta del general Rojas Pinilla y las publicó en EL TIEMPO en las épocas de la dictadura, para demostrar el crecimiento del patrimonio del militar que gobernaba al país.

Con la muerte de Carlos J. Villar Borda se van más de 50 años de historia periodística de Colombia. Pero deja un legado grande. Al lado de sus enseñanzas de redacción, ética, buen manejo del idioma e independencia, su pluma nos lega dos biografías del guerrillero argentino Ernesto Che Guevara, una especie de autobiografía que tituló La pasión del periodismo y -por qué no recordarlo- un libro sobre Rojas Pinilla, escrito en medio de la euforia que produjo el golpe de Estado de 1953.

Alejandro Moya Castro

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