Prohibir el toreo

Prohibir el toreo
Empiezo aclarando paradas: algunas de las mejores tardes de mi vida las he pasado en la plaza de toros. He visto faenas extraordinarias en la México que nunca olvidaré y reconozco en la fiesta brava una parábola de la vida, de la muerte y de como ésta última siempre gana la partida. Mi padre me llevó cuando tenía 12 años a la Plaza y desde entonces me aficioné al toro. Toreaba Manolo Martínez, mi papá fue garcista, martinista y antes de morir poncista. Me refiero a Lorenzo Garza, a Manolo y a Enrique Ponce. Le gustaba el toreo poderoso, pero privilegiaba el arte, siempre decía que sin temperamento no hay toreo. Con el tiempo he aprendido que sin temperamento no hay casi nada en la vida. Cuando quería mostrar su absoluto desacuerdo con la fama artificial de un matador, mi papa decía: torero de pueblo chico.

He leído  poemas de García Lorca y de Alberti inspirados en las corridas de toros, he visto obras de Goya y Picasso con matadores y miuras. Es decir, para algunas personas la tauromaquia es mucho más que un solo espectáculo pues encuentran en una corrida algo de teatro, pintura, poesía, danza. Me cuento en ese grupo. La habilidad y la destreza acompañadas de una técnica que sólo ocurre en la cercanía con la muerte convierte al toreo en una representación del hombre ante su destino. Tengo una fotografía de la Plaza México en el año de 1948 o 1950. Toreaba Garza. En la primera fila de barrera hay un joven de pie que le aplaude al matador Lorenzo Garza: mi padre. Pero ésa es otra historia.

Todo esto viene a cuento porque finalmente el parlamento catalán ha prohibido las corridas de toros. 68 votos contra 55 y se abolió el toreo. Si los parlamentos se contagian empezarán a decidir qué es moral y qué no. Desde luego no me gustan las proscripciones, ni ésta ni otras. No creo que un parlamento deba obligar a sus ciudadanos a comportarse de determinada manera, dictar leyes morales es peligroso, se empieza por los toros y se puede uno seguir con la vida privada, las preferencias sexuales, una forma determinada de pensamiento, en fin. Fernando Savater nos ha recordado una vez más que un parlamento laico debe poner el marco legal para diversas morales, y que cada quien decida si quiere ir al cielo o al infierno.

Sé que una parte de la sociedad deplora la fiesta brava. Muy fácil, que no vayan a la Plaza, están en su derecho, pero que no obliguen a los aficionados al toreo a abandonar por la fuerza su afición. Detrás de esta postura se ilumina el aura de un valor democrático: la libertad de elección. Savater de nuevo: la ética es el reconocimiento de la excepcionalidad de la libertad racional en el mundo de las necesidades y los instintos.

La crueldad con los animales. Éste es el argumento de papel que esgrimen quienes festejan la prohibición. A mí me inquietan los que festejan con tanto entusiasmo una prohibición, pero en fin ése es otro asunto. Es un argumento un tanto hipócrita, como si no supiéramos que el hombre se ha servido de los animales como alimento, fuerza motriz, vestido, calzado e incluso instrumento de guerra. Ninguna de las almas prohibitivas se pregunta cómo llegaron a su mesa los huevos de las gallinas, los jamones de cerdo, los cortes de carne que esperan en el asador. Sólo hay un modo de ser coherente con esa defensa de los animales: dedicarse a la recolección de frutos. Me explico, la defensa del animal llevada a esos extremos conduciría a una ley que prohíba la caza, la pesca y cualquier utilización del reino animal que requiera de sufrimiento para lograr sus productos. ¿O como creen que se prepara una langosta? ¿Un cangrejo? ¿Un pollo rostizado? ¡Rostizado! Por cierto, aboliendo las corridas se condena al toro bravo a la extinción pues su crianza sólo ocurre para llegar un día a la arena.

Dice Vargas Llosa que para una persona que goza con una extraordinaria faena, los toros representan una forma de alimento espiritual y emotivo tan intenso como un concierto de Beethoven, una comedia de Shakespeare  o un poema de Vallejo. Estoy de acuerdo. Les recuerdo, de pasada, que ninguna prohibición podrá salvarnos de nosotros mismos.

Rafael perez Gay/eluniversal.com.mx

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