Para entender los sueños

 Para entender los sueños

Me asombra la gente que dice que no sueña. Y me asombra más saber que sean tantas personas las que afirman que no sueñan. Deduzco que soy de los pocos que sueñan tan a menudo. A diario despierto de madrugada y recuerdo tramas enteras, ya saben, como en los sueños: descuartizados, inconexos, aunque con un hilo conductor que los hace sentir como historias completas. Me despierto y tengo la tentación de escribir lo que veo porque esos sueños juntos harían un buen libro de historias mágicas, terroríficas, absurdas y/o divertidas. Un tiempo puse una libreta y una pluma sobre el buró para escribir mis sueños, y como soy insomne, era darme una puñalada. Au si llevaba dos horas dormido, ya no podía cerrar los ojos. Día terrible, el siguiente. Los insomnes saben a lo que me refiero.

Es mucho lo que veo dormido. Sin aspaviento, sin hacerlo formal, he clasificado mis sueños y las categorías son pocas y de lo más caprichosas. Están la Nubes-de-Azúcar y la Pantanos-Tenebrosos. Una sola noche puedo visitar estas categorías extremo, y transitar por las intermedias, en las que apunto los sueños que desarrollan una trama insípida.

Una o dos veces por semana tengo pesadillas. Si estoy acompañado y si mi compañía me conoce medianamente, sabrá que si muevo un brazo o una mano, o aprieto el puño o rechino de manera inusual los dientes o me quejo, o pujo, es porque tengo un mal sueño. Si me rescatan del infierno les beso los pies en silencio: agradezco humildemente a quien comparte la cama conmigo por salvarme del gallo sin cabeza, de la viuda negra, del grupo de muñecas en un gallinero, del pasillo largo en donde una tía esquizofrénica me espera con una caja de cereal llena de ratones, de Satanás, de una guerra de la que huyo porque si me atrapan me encerrarán hasta que muera de hambre y pena. Y estas son pesadillas que, unas menos y otras más, cargo desde niño.

Otras veces me despierto feliz. Y esa felicidad me dura todo el día. Es porque tuve por sueño una nube de azúcar: me veo de 10 años y saco barro de los llanos para hacer figuras; o mamá, papá, mis hermanos y yo platicamos y reímos como si estuviéramos borrachos; o el amor de mi vida -como si existiera tal cosa- me abraza con los senos descubiertos y me dice, mientras me toma del cuello y me mira a los ojos: “Ya, Ale, ya, duerme, nene, duerme”. O bien vuelo. Mucha gente, por lo que se me refiere, no ha soñado con volar. Yo vuelo en los sueños. Primero es como si me cayera; voy hacia el vacío en posición fetal, con los ojos cerrados, y repentinamente reboto. Como un globo, reboto. Y a dos metros del suelo por ese primer rebote, abro los ojos y extiendo piernas y brazos y entonces me entero que estoy flotando. Muy pronto aprendo a controlar el vuelo. Imagínense. A la mañana siguiente soy un hombre nuevo.

Aún con pesadillas, que son muchas, me gusta ser de los que sueñan. Y no deseo interpretar los sueños porque sería como darles un poder que no tienen, a pesar de lo que digan los místicos, los cabalistas y casi todas las religiones. Tampoco les resto importancia: he convivido tanto con ellos que son parte de mí.

Sin embargo, me atrevo a decirle a los que creen que no sueñan que no se pierden de gran cosa. Recurran a sus vidas y vean hacia atrás: eso que está en el pasado es como un sueño, un enorme borrón de ideas y trazos de otro y de usted que a nadie importa, y que nadie intentará rescatar del olvido. El pasado, como los sueños, se perderá en el pasillo oscuro de nuestras madrugadas. Así como los sueños son ingobernables y no podemos retomarlos después de un despertar abrupto, así es su pasado y el mío. Nadie puede moverle un ápice al pasado, y el presente es sólo brinco en la cama, un susto sudoroso.

A esos que creen que no sueñan, les recomiendo revisar sus días. Encontrarán, entre jirones de recuerdos y despojos de ideas, que su vida actual es el sueño dulce o la pesadilla que tuvieron dos, tres, 10, 20 o 50 años atrás. Se ha vuelto realidad. Tome agua, límpiense el sudor, enciendan las luces del cuarto porque -ni modo- el presente es el sueño ingobernable, inconexo y descuartizado que tuvimos cierta madrugada, años atrás, y que ya no recordábamos.

Alejandro Páez Varela/eluniversal


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