Obamas

Obamas

Michelle Obama ha estado en Sacromonte. Y ha tocado las palmas. Ésa es la noticia. También estuvo una noche don José Ortega y Gasset. Es costumbre de palmeros jalear con entusiasmo los escorzos artísticos y culminantes de las bailaoras. Asistía Ortega al espectáculo y un palmero, emocionado ante un taconeo prodigioso, gritó: «¡Viva el talento!». Don José se incorporó de su silla, se quitó el sombrero y agradeció con una inclinación de cabeza el piropo que no le habían dedicado a él. Y allí, en las cuevas de Sacromonte, llevaron en tiempos del franquismo al príncipe Mouley de Jordania. Le acompañaba, entre otras autoridades, el joven catedrático de Derecho Penal José María Stampa Braun. Su Alteza se encaprichó de una artista y la hizo llamar por  medio de su intérprete «El Medallas», un limpiabotas que había sido legionario y farfullaba el árabe. Ella se llamaba Lolita «La Peinaora», y estaba buenísima. Su Alteza era tímido y poético. Con «La Peinaora» a su lado le brotaron los rubores, y sin apenas mirarla, le soltó la primera parrafada que le tradujo el «Medallas»: «Cuando baila parece usted una gacela moviéndose entre las dunas». Ella, agradecida y escueta, respondió: «Muchas gracias, Alteza». El príncipe insistió: «Su cuerpo es como una joven palmera cimbreándose por la fuerza del viento». Ella, se mantuvo en su breve expresión de gratitud: «Muchas gracias, Alteza». Mouley, bastante nervioso por el escaso impacto que sus metáforas producían en la bailaora, hizo un esfuerzo sobrehumano: «Su piel parece derramar el dulzor de los dátiles maduros». Y ella, que de tonta no tenía un pelo y se había apercibido de las intenciones de Su Alteza, le dijo al legionario. «“Medallas”, respóndele a Su Alteza que muchísimas gracias, pero que “serviora” no practica la “fornicasión” con “desconocíos”». Y Mouley Hassán abandonó las cuevas con harta melancolía.

También a Michelle Obama le ha gustado el espectáculo. Y me alegro por ella y por el éxito del viaje. Reconozco que no tengo la sensibilidad precisa para emocionarme con el flamenco. El flamenco me duerme, y cuanto más «jondo» y auténtico, con mayor profundidad. Hay que quitarse la careta de cuando en cuando. En Jerez, una noche dormí profundamente en un guadarnés mientras cantaba «Camarón». Lo siento, pero es así. No es que pretenda comparar el flamenco con el tostón de la sardana, que manda huevos, pero no alcanzo a entenderlo, y lo que no se entiende bien a altas horas de la madrugada, no ayuda a la concentración ni a la atención preferente. Así que Michelle Obama ha estado en los mismos espacios que don José Ortega y el Príncipe Mouley Hassán de Jordania, y además, ha tocado las palmas con frenesí y delicia. De vuelta a Marbella, la emperatriz del mundo, medita viajar a Palma de Mallorca para saludar a los Reyes, lo que demuestra una buena educación. Pero estarán de acuerdo –no todos, algunos de ustedes–, en que este viaje es raro. Sin poner en duda los beneficios que aporta su presencia para el turismo de Marbella y aledaños, el viaje se las trae. Viene con una hija y se deja a la otra en casa. No ayuda a soplar a su esposo las velas llameantes de su tarta de cumpleaños. Visita tiendas y comercios que los hay iguales en Nueva York. Le acotan una playa para ella y su hija, y como era de suponer, se aburre. Una playa para una mujer sola es una sinfonía de hastío. El motivo del viaje y la estancia en España de la señora de Obama no están claros. Para mí que se enfadaron la noche anterior al viaje jugando al «Trivial Pursuit», y hubo más que palabras. Artículo terminado. ¡Uf!

Alfonso Ussia/larazon.es

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