Morir no basta

Luis Petersen Farah

Morir no basta

Hace días apareció un narcocementerio con 51 cadáveres en Juárez, Nuevo León, justo a un lado de Monterrey. La mera cifra de cuerpos encontrados era impresionante, sólo superada por un hallazgo similar en Taxco, Guerrero, pero había aquí otros datos capaces de provocar escalofrío.

Acababa de leer un texto de Diego Osorno en milenio.com sobre la crueldad en el conflicto del narco en México. Refería una conversación en la que el periodista Jon Lee Anderson se preguntaba por qué los narcos de México eran tan crueles comparados con otras mafias del mundo. Y se asomaba, Diego, a nuestras “herencias recientes” para responderle. Se asomaba sobre todo a la increíble brutalidad de la policía mexicana durante la segunda mitad del siglo XX. Muchos capos fueron antes policías, qué nos extraña.

Los cuerpos de Nuevo León, seis mujeres y 45 hombres, llevaban como máximo tres semanas de muertos. Todos. Las autopsias, dadas a conocer por la Procuraduría del estado, revelaron que 18 habían muerto por contusión profunda de tórax, 15 por sofocación, cinco por contusión profunda en tórax y abdomen, tres por contusión profunda de cráneo, uno por contusión profunda en tórax y cráneo. Nueve habían sido ultimados con armas de fuego: todos los demás murieron durante procedimientos de tortura. Golpeados o asfixiados.

No conozco el pasado reciente ni remoto de la crueldad en México. Sin duda tiene que ver con lo que ahora nos produce escalofríos. Todo indica que en este conflicto morir ha dejado de ser suficiente; que si alguien pretende ajustar cuentas y repartir castigos ejemplares no piensa en matar, piensa en hacerlo con el mayor sufrimiento posible. Todo indica que quienes están dentro ya han aceptado que más temprano que tarde los alcanzará la muerte y han preferido una vida corta pero considerada mejor, frente una más larga pero jodida. La perspectiva de morir pronto no asusta, no más que la de morir más tarde. Si la pena es la muerte, que sea, no es una pena máxima. Lo que aterra es el dolor. Eso es castigo.

La saña se asocia generalmente a los crímenes pasionales porque descargan emociones que ahogan y no son llevaderas. Uno se pregunta qué llevan dentro estos justicieros y sus maestros, qué es lo que hace posible tanta crueldad. Se expande cada vez más una manera de ver la vida en la que morir no importa tanto y matar tampoco basta.

luis.petersen@milenio.com

Deja un comentario