Los narcos también celebran

Los narcos también celebran

En la fachada del Palacio de Gobierno de Guadalajara, capital del Estado mexicano de Jalisco, puede leerse una inscripción extraída del salmo 126: “Si el Señor no guarda la ciudad, inútilmente se desvela el que la guarda”. Hasta hace poco la villa tapatía era presentada como una de las más “seguras” en un país en el que los muertos relacionados con el narcotráfico durante el último sexenio se acercan ya a la cota de los 28.000. Pero desde el pasado 29 de julio, fecha de la ejecución del capo Ignacio Coronel, identificado por la estadounidense DEA como tercero en el ranking del cártel de Sinaloa -uno de los ocho o nueve clanes mafiosos que se reparten el territorio mexicano-, podría pensarse que el Señor invocado en el versículo se ha cansado de guardarla.

Octavio Paz afirma: “México se ha hecho contra su pasado, contra dos localismos, dos inercias y dos casticismos: el indio y el español”.

En cuanto otros “desvelos” más locales conviene no tenerlos demasiado en cuenta. La prueba es que a Nacho Coronel lo apioló el ejército en un operativo espectacular desplegado en la superexclusiva urbanización de las Colinas de San Javier, donde conviven poder y negocios, incluidos, al parecer, los de la droga. Del grado de confianza de los responsables militares en la policía estatal y municipal da expresivo testimonio el hecho de que ni una ni otra fueron informadas previamente del operativo. Como han señalado algunos periodistas -ojo: más de 60 asesinados en los últimos años-, posiblemente Coronel estaba siendo protegido o tolerado a cambio de mantener a raya a otros narcotraficantes, lo que propiciaba el relativo oasis tapatío. Ahora, la gente cruza los dedos: los reacomodos sangrientos se suceden cada vez que un capo de la droga es enviado al otro barrio.

En la parte aún vigente de El laberinto de la soledad, de la que este año de celebraciones se conmemora el 60º aniversario, Octavio Paz afirma que “México se ha hecho contra su pasado, contra dos localismos, dos inercias y dos casticismos: el indio y el español”. Y también, contra algunos más, domésticos y foráneos, que han informado una historia repleta de sangre y sufrimiento. Ahora le toca a este país admirable enfrentarse al ominoso presente del narcotráfico. Y ganar una guerra de la que nadie -porque el Gobierno tampoco se esfuerza en explicarlo- sabe exactamente cuál es la situación en los distintos frentes, pero de la que es un “secreto a voces” que el enemigo ha conseguido permeabilizar (con narconóminas) a buena parte de los que se le deberían enfrentar.

Tras la “violación” (según sugiere Paz) de la conquista y la profunda remodelación impuesta por la colonia a un pueblo roto, México se construye con dolorosas (y largas) cirugías: la independencia (iniciada en 1810) y la revolución (1910). Este año (el 16 de septiembre es el aniversario del “grito de Dolores” del cura Hidalgo) se conmemoran a bombo y platillo ambas épicas. Ojalá que esa gigantesca celebración de orgullo nacionalista en un país que ya ha superado los 110 millones de habitantes (pero no la emigración forzosa, ni las apabullantes diferencias de renta), sirva para dar nuevo impulso a la lucha contra el narcoterrorismo. Porque, si no, a este paso todos los sustantivos del diccionario llevan camino de adquirir el prefijo “narco”. ¡Y viva México!

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO/elpais.es

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