Linces, lobos, pulpos

Linces, lobos, pulpos

En la primera edición del Reglamento de Caza de la Real Federación Española de Caza (1902) se incluye al lince entre los animales dañinos. De tal modo, que todo ayuntamiento estaba obligado a pagar 3,50 pesetas por cada ejemplar de lince muerto depositado en la Casa Consistorial. Quizá pueda entenderse la casi desaparición del lince ibérico en las sierras y bosques de España. El gran Félix Rodríguez de la Fuente nos convenció a los españoles de que el lobo es una criatura llena de bondad y buena educación. Sólo faltó el mensaje «siente un lobo en su mesa». El lobo es un animal formidable, bellísimo, misterioso y astuto. Pero no está bien educado. Que se lo digan a los ganaderos. El lobo es, posiblemente, el único depredador que mata por matar. Lo hace para alimentarse, pero sin medida. Una manada de lobos se puede comer un par de ovejas. Para ello asesina a treinta. El ganadero odia al lobo con razón, y los amantes de la naturaleza amamos y admiramos al lobo en la misma medida razonable. Duero arriba, el lobo se puede cazar con la obligada autorización de las distintas administraciones. Duero abajo, el lobo es sagrado. A pesar de su caza, el lobo ha aumentado su presencia en todo el norte de España, y ya no es una sombra figurada y fortuita. Hay más lobos que nunca, hay más belleza misteriosa que nunca y más problemas que nunca. Pero se ha superado el «síndrome de Asís» que nos inoculó Rodríguez de la Fuente. En algunos zoológicos, los niños llegaban a la jaula de los lobos e intentaban darles pan de la mano a la boca. Algún dedo se llevaron con el pan, como si fueran salchichas. Y es que el exceso de «buenismo» inculcado con respecto a los animales salvajes nos hace cometer muchas tonterías.

Me informan algunos hosteleros del norte, que ha disminuido considerablemente el consumo de pulpo en bares y restaurantes. Y que el culpable de ello, además de nuestro desarrollado sentimentalismo, no es otro que el pulpo «Paul», vecino de Oberhausenm, y al que muchos consideran partícipe del triunfo de la Selección de España de fútbol en el Mundial sudafricano. El español medio, de golpe, se ha sentido plenamente identificado con los pulpos, y al tiempo que devora toneladas de calamares, a los pulpos los respeta como si formaran parte de la familia. Días atrás, en un bar de pinchos de Santander, un cliente habitual y degustador de pulpo, afeó al propietario del establecimiento por seguir ofreciéndolo en el mostrador de los aperitivos. «Es como comerse a alguien de la familia», le dijo mientras combinaba su cerveza con una ración de rabas o calamares fritos.

Comer pulpo en la terraza de un bar no está bien visto. Siempre hay alguien que observa la operación y agita el debate. «Si quiere comer pulpo, hágalo en su casa, pero no ofenda a los que tenemos sentimientos». El pulpo «Paul» ha entrado tan intensamente en el corazón de los españoles, que todo pulpo es considerado un pariente cercano. A este paso, después de los toros, los animalistas se van a cargar las romerías en Galicia. O no, porque el pulpo representa un estado de gratitud muy español, y los animalistas se sitúan en la acera contraria. A partir de ahora, comer pulpo se va a convertir en una seña de identidad de los nacionalismos, y no hacerlo, en un hábito de ayuno español. Lo que está claro es que España es una nación de locos, maravillosa nación de locos, en la que todo es posible. Hasta ser acusado de caníbal por comer una ración de pulpo, con lo que «Paul» ha hecho por nosotros.

Linces, lobos, pulpos

Alfonso Ussia/larazon.es

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