El Turco

En el último tercio del siglo XVIII, un tal Wolfgang von Kempelen diseña y construye un autómata capaz de disputar partidas de ajedrez a un alto nivel. El proto-robot recibe el nombre de El Turco y no es más que un muñeco articulado al que Wolfgang viste como un exótico príncipe de un país remoto. En pocas semanas, El Turco se convierte en una atracción itinerante que recorre las cortes europeas derrotando sin despeinarse a los grandes maestros del ajedrez. Aunque Wolfgang atribuye la destreza de su autómata a un complejo mecanismo de relojería, una buena parte del público comienza a sospechar que hay gato encerrado. Sencillamente, no es posible que una máquina creada por el hombre pueda superar las habilidades de su creador. Y no andan desencaminados. En la que será la última partida de ajedrez de El Turco, una pieza se desprende de su cráneo dejando al descubierto el interior de su cabeza. Es entonces cuando los asistentes al espectáculo descubren la farsa: En el lugar donde debería reposar el cerebro, Wolfgang ha ubicado una pequeña cabina con diminutas palancas en la que se sienta un ser peludo dotado de cuatro brazos. Un ser vivo mezcla de hombre y cobaya que no debe de superar los 15 centímetros de altura y que resulta ser el responsable de las admirables dotes de El Turco. El público abandona la sala en medio de una tormenta de abucheos. Los titulares ondean la palabra “decepción”. Días más tarde, Wolfgang tiene el honor de probar uno de los inventos más populares de la época: la guillotina.

El Turco

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