El teatro de la lluvia

El teatro de la lluvia
ERNEST DESCALS

..¡Qué cantidad de lluvia está cayendo! Cada gota recuerda la paradoja de vivir en una ciudad que se muere de sed, aunque tiene un lago abajo y miriametros de lluvia encima. Al caer sobre la ciudad de México, la lluvia entabla con ella un combate cuerpo a cuerpo. La ciudad pierde siempre, y se ahoga en un vaso de agua.

Mi preferida, desde niño, es la diáfana lluvia matutina. Los días en que se salía temprano de casa rumbo a la escuela se convertía, gracias a la lluvia, en algo mágico: las falanginas y las fanerógamas, los cuadrados y el lago Ladoga tenían más sentido bajo los focos amarillentos y la empapada tenebra de las ventanas. Qué impertinente, en cambio, que lloviera en vacaciones: ¿dónde habré mirado una alberca enorme llena a medias por la lluvia, rodeada de naranjales cargados, cuyas frutas fosforecían entre los telones de agua? O esa tarde en el trópico colombiano, cerca de Manizales, cuando, guarecido bajo un macizo de bambú, la lluvia parecía una catarata: la “lluvia desenrollada”, como le dice Neruda. Y aquel aguacero torrencial que terminó con años de sequía en el desierto de Coahuila, donde yo vivía, y sus gotas gordas retumbando sobre la tierra acartonada… Había niños de siete años que nunca habían visto llover y, estupefactos, miraban hacia arriba abriendo las manos, y luego reían nerviosamente al ver a los adultos que, llorando de alegría, llenaban de agua las copas de sus sombreros. Y las canciones… Yo crecí entre lluvias bilingües: aprendí el “que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva” y el “Rain, rain, go away”. Curioso que en español el deseo era que lloviera, y que en inglés la lluvia se fuera con su carga de melancolía.

Perdón, pero la lluvia obliga a volver en el tiempo: siempre cae en la memoria. Quizás por ello es que Borges escucha llover y dice:

Bruscamente la tarde se ha aclarado

porque ya cae la lluvia minuciosa;

cae o cayó: la lluvia es una cosa

que sin duda sucede en el pasado…

Verlaine escribió, famosamente, que la lluvia, además de caer en la ciudad, caía en su corazón. El mexicano González León dice que la lluvia “tamiza, lenta ceniza, dentro del alma”. El viejo doctor González Martínez detecta que llega la lluvia como cuando “a las puertas del alma ha llegado una pena y ha pedido hospedaje”. El misterioso López Velarde, el mas pluvial poeta mexicano (oriundo al cabo del árido norte), enuncia una idea rarísima: que la lluvia “reblandece a las señoritas”. ¿Por qué?

En la ciudad, hoy, la lluvia es otra cosa. El terror de que colapse el drenaje y la ciudad se ahogue; el fastidio de que un “encharcamiento” -como se llama, eufemísticamente, a las súbitas lagunas que brotan de las alcantarillas- nos prive de la libertad durante horas; que los árboles viejos se colapsen. Miles de autos inmóviles que iluminan la lluvia con sus fanales, o tratan, en balde, de espantarla con sus cláxons…

De pronto, una escena desconcertante: un niño de seis o siete años, decorada su cabeza con un arcoirirs de estropajo, se para de manos frente al coche. Con el agua hasta los codos, parece un clavadista detenido al llegar al agua. Luego se endereza y peregrina entre los autos pidiendo una cooperación. En su mano cae más lluvia que monedas, magro sueldo por vender el show de su miseria. La pintura con la que se maquilló de payaso se le ha corrido hacia abajo, por la lluvia, pero también hacia arriba, por vivir de cabeza. Como el país entero.

Guillermo Sheridan /eluniversal.com.mx

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