El orgullo del Tercer Mundo

El orgullo del Tercer Mundo

Lo nuevo de M.I.A. llega rodeado de polémica. Tras su encontronazo con The New York Times y el cruce de acusaciones sobre su supuesta frivolidad y oportunismo, la diva de Sri Lanka contraataca con Maya. Un álbum apreciable aunque irregular, que supone una enésima vuelta de tuerca a la música de baile de la era del iPhone y la post-globalización, sin alcanzar las excelencias de sus precedentes, Arular (2005) y Kala (2007).

A raíz del considerable revuelo ocasionado con sus aplastantes incursiones en el baile funk electroso y multicultural, M.I.A. se ha convertido en un fenómeno que trasciende la esfera musical y representa las contradicciones del zeitgeist actual de la música de baile, al patentar un estilo reconocible y adictivo que allanó el camino a artistas de un  calado tan diverso como Santogold, Uffie, Yelle o Buraka Som Sistema.

Más guerrillera que contestataria, Mathangi “Maya” Arulpragasam ha conseguido lubricar las anquilosadas articulaciones del género gracias a un indudable olfato para las nuevas tendencias y el exotismo sonoro. Ahora bien, con motivo de su último trabajo puede que el crédito obtenido (tanto en lo musical como en lo económico) juegue en su contra, empujando al oyente a menospreciar la valía de un trabajo con un concepto menos explosivo e inmediato.

Para su tercer disco, M.I.A. ha reclutado a la plana mayor del sello Mad Decent, Diplo, Switch y Blaqstarr, para asegurarse el correspondiente remanente de rompepistas infalibles, al tiempo que apuesta por la savia nueva de inspiración dubstep del británico Rusko. Hasta aquí mas bien poco que objetar. La fórmula de ritmos dancehall, hip hop y grime sigue funcionando, pero suena algo más dispersa que de costumbre debido al excesivo baile de productores.

Ecléctico en la forma pero conservador en el fondo, el principal problema del disco parte de la falta de concreción y profundidad de un repertorio menos inspirado de lo habitual. Sin entrar a cuestionar el componente combativo de las letras (“Lovealot”, uno de los puntos álgidos del elepé, hace referencia a Dzhennet Abdurakhmanova, la terrorista islámica de 17 años que se inmoló hace unos meses en el metro de Moscú), se percibe un progresivo escoramiento hacia el R&B de autotune y vocoder, constatado por la tríada “It Iz What It Iz”, “Space” y “Caps Lock”. Lo que resulta cuanto menos discutible, sobre todo viniendo de alguien que ha hecho del agit-prop la base de su discurso y que cada vez corre mas  peligro de caer en el maniqueísmo simplista. Podemos encontrar un buen ejemplo de ello en el polémico videoclip de “Born Free” (exabrupto con sample de Suicide incluido) rodado por Romain Gavras, un realizador poco dotado para la sutileza y que evidencia el riesgo de caer en la demagogia politizada.

Tampoco es que ayude a posicionarse a favor el trazo excesivamente grueso de colaboraciones como “Meds and Feds”, tan excesiva y mediocre como el resto del repertorio de Derek E. Miller al mando de Sleigh Bells, la nueva apuesta de N.E.E.T., el sello de la propia M.I.A. A la hora de jalear la pista de baile con un poco más de cabeza, resulta preferible detenerse en la contundente oda al “product placement” de “Teqkilla” o la ejemplar “Story To Be Told”, una buena muestra de lo que pueden dar de si las inspiradas bases de Rusko. Lo mejor, con diferencia, junto a la puesta al día de “It Takes a Muscle” una balada ochentera de los new wavers holandeses Spectral Display.

Maya no es -ni de lejos- un mal disco, pero puede que defraude las expectativas de una gran parte de su público que llevaba un par años reclamando un relevo a la altura de “Jimmy” y “Paper Planes” que llevarse a las zapatillas. ¿Hubiera sido preferible atenerse a unas coordenadas más previsibles para tener a todo el mundo contento, en lugar de intentar ampliar aún más el rango de influencias de su paleta de sonidos? Tal vez haya sido por eso que el invento no termine de funcionar, revelándose como lo que es: un traspiés más que un paso en falso.

Daniel Bizarro/blogs.elpais.com

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