Detrás del arcoiris

Perdón, quiero que sea la primera palabra que escribo aquí para mi bien querido, imprescindible, Germán Dehesa. El miércoles no pude llegar a la entrega de su feliz medalla. Tiene que ser feliz una medalla que le den a ese amigo de mis ojos, mi plática y mis herejes oraciones. A ese amigo de tantos lectores, de tantos a quienes acompaña por la vida con el fervor de su diaria conversación de letra sobre letra.

Punto: Salí de aquí, quiero decir de este lugar en el que escribo, con mi mejor intención de ir a abrazarlo, pero en el camino entre mi escritorio y el teatro me abrasó una temperatura de treinta y nueve grados con la que me pareció no sólo imprudente, sino indecente llegar a una celebración llena de personas que todo quieren menos un virus enriquecido con vitamina C. Para colmo la tos de tren que me traigo se puso a mal traerme como nunca. Así que volví con la gabardina, el paraguas, la tristeza y el aguacero a cuestas, a meterme en mi cama con toda la humidad de que debe ser capaz un enfermo.

Punto y seguido: Si algo nos dificulta la enfermedad, es la actitud humilde que hay que tener frente a ella. Bajo ella. Dan ganas de cercarla a patadas, de quitárnosla de encima a golpes, de ignorarla. La humildad, sólo en el caso de las enfermedades pariente de la odiosa resignación, me cuesta un esfuerzo superior al de andar enferma y actuando como si la salud estuviera de mi lado. Sin embargo, el miércoles la dejé ganarme. Y ni modo. Me quedé sin acompañar la premiación de este mi profesor cuya amistad mal describí ayer al grado de hacerlo creer que ha sido más complicada que la antigua carretera México-Acapulco. Más complicada no, pero sin duda igual de inolvidable. ¿Verdad amigo?

Música para hoy: Somewhere over de rainbow. Con Judy Garland. Ayer se cumplieron setenta y un años de la película “El mago de Oz”. Y hemos de seguir creyendo que en algún lugar, tras el arcoíris, está el paraíso. Y que ahí vamos de repente y entre más veces, mejor.

Angeles Mastreta/puertolibre

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