Despreciamos a la autoridad y…

¿Cuándo fue que dejó de interesarnos el orden público? ¿Cómo es que cualquier grupo, sin representación social alguna —esto es, exponiendo exclusivamente los intereses de su propio cuerpo y reclamando provechos de dudosa legitimidad que, encima, afectan los principios del bien común—, cómo es, repito, que ese grupo descomunalmente minoritario puede cerrar una avenida importante y afectar la vida de cientos de miles de ciudadanos? ¿Por qué la más mínima manifestación de la fuerza pública es calificada de “represión”? ¿Por qué tenemos que quedarnos cruzados de brazos ante la ocupación ilegal de una empresa, de una mina o de una universidad? ¿Qué gran agravio se comete al pedirle a un estudiante de clase media que pague una cuota razonable para cursar una carrera en la Universidad Nacional y por qué esta petición provoca una huelga organizada, nuevamente, por un grupo que mantiene cerrada la UNAM durante larguísimos meses violentando, sin que a nadie parezca importarle, los derechos de los miles de alumnos que sí quieren estudiar? ¿Y por qué la intervención de la PFP —perfectamente legal, incruenta y mesurada— es equiparada, en ese entonces, a algo así como una masacre perpetrada por los esbirros de un régimen “fascista” (el de Zedillo, miren ustedes)? ¿Por qué abusamos, justamente, de las palabras y por qué no sabemos distinguir la diferencia entre las dictaduras que padecieron los sudamericanos y los regímenes democráticos que tenemos aquí? ¿Por qué no valoramos el papel de la autoridad y por qué le negamos toda legitimidad? ¿Por qué denostamos al Ejército y le atribuimos intenciones que no tiene? Ustedes dirán si todo esto tiene algo que ver con la inseguridad pública.

Roman Revueltas Retes

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