Celebrando en duelo

Celebrando en duelo

Notable la alegre depresión de México, la pasión vocinglera con que da cuenta de sus males. La conversación pública mexicana parece un café español de los de antes, un enjambre de iras y quejas, dicterios y fulminaciones que se satisfacen con enunciarse, antes de irse a dormir tranquilo.

Recuerdo de otras épocas a directores de prensa y jefes de información frotándose las manos ante la posesión noticiosa, en exclusiva, de una desgracia.

Me atrevería a decir que ese gesto domina la moral periodística del país y tiñe de negro su opinión pública. México vive desde hace unos años un fantástico jolgorio crítico. En sus periodistas y en sus intelectuales, lo mismo que en sus políticos y su ciudadanía.

No hay quien arriesgue el descrédito de creer una buena noticia o sostener una idea poco lúgubre del país. Vivimos en la fiesta nacional del pesimismo, de la crítica sin cuartel, insobornable, celebrada y prestigiosa.

Nos hemos vuelto especialistas no en contar nuestras bendiciones, como manda el dicho inglés, sino en censar nuestros males.

Nunca la prensa mexicana ha sido más crítica, más inconforme, más desencantada y más intratable que ahora.

Nunca ha sido más diversa, más influyente, menos sujeta a controles y más rentable como negocio que ahora. Es una Casandra próspera, bien pagada.

Quien observa de cerca los medios, no ve sino auge y oportunidades, nuevos rostros, nuevas voces, nuevos programas, nuevos medios.

Es el boom de los pesimistas profesionales, pues si sus miembros quieren prosperar y competir en el gran mercado de la queja y la crítica adonde llegan, han de elevar el listón y ser más quejosos y más críticos que los demás.

No es que el pesimismo y la crítica estén de moda, es que son el boleto de entrada al mercado de la credibilidad pública.

Cómo hemos llegado a este otro extremo de la falta de rigor crítico que es criticarlo todo, no lo sé. Puede ser la excrecencia histórica de medios que vivieron décadas de mordaza y ahora retozan de más sin ella.

El hecho es que ha pasado ya más de la mitad del año en que se cumplen, por capricho de nuestra historia oficial, 200 años de la existencia de México. En realidad la nueva nación nace en 1821, que es cuando pacta y declara su independencia.

Como sea, ha pasado la mitad del año del bicentenario y es la hora en que ni el gobierno ni la sociedad encuentran mayor cosa que celebrar en esa fecha, salvo las nuevas carencias de la nación.

Como si uno celebrara sus cumpleaños porque su vida ha sido perfecta y no, más bien, para darse un respiro amable en la gran jodedera de la vida.

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