Aquellos maravillosos años

Aquellos maravillosos añosLos niños de españoles de principios de los setentas nos criamos en la calle. Todos los viernes a las cinco y media en punto —hora torera— salíamos corriendo de la escuela de los curas del Sagrado Corazón y no parábamos de jugar y divertirnos hasta el domingo por la noche.

Fuimos niños muy felices que jugábamos a todo en equipo. Recuerdo con nostalgia los partidos de futbol detrás de la casa de mis padres. Pasábamos las tardes enteras a golpe de balonazos. Tino Zamorano —que ya en aquel entonces con cinco añitos tenía cara de boxeador— y Alberto Aguirre —también desde muy crió reclamaba su amor por el País Vasco porque su familia eran de aquella Comunidad Autónoma— eran los que metían todos los goles. Al pobre de Javi Herrero —que se nos mató hace unos meses por una dichosa moto— que hacía de cancerbero, le metían todos los goles.

Jugábamos a las chapas —las corcholatas en México—, cortábamos las caras de los cromos de nuestros héroes ciclistas y las adheríamos a ellas. Hacíamos caminos de tierra y nos imaginábamos que ganábamos reflejándonos en el mítico Eddi Mercks o en Ocaña o en Chozas subiendo un puerto o en Lejarreta. Jugábamos todos en equipo sin que uno fuera más que el resto.

Fue una época divertida. El churro va, la pídola, la carrera de sacos también estaban en aquel repertorio lúdico de aquellos niños de esa España. Pero la excelencia se la llevaba el escondite —las escondidas—. Siempre intentaba esconderme con Carina, una rubia hija de alemanes que en la adolescencia me alteraba las hormonas y el resto del cuerpo.

Éramos niños de mascotas. En mi casa tuvimos perros, patos, canarios, tortugas, hámsters, gusanos de seda y peces —no sé si dejo alguna mascota en el tintero—. Uno de los hámsters, el Vedrines, era listo como el hambre. Se escapaba y aparecía al cabo de los días por algún lugar de la casa. Como también había algún ratoncito que otro, siempre pensamos que se iba de “ratonas”.

Pero para mascotas las de Luis Baldó. Tenía un palomar en una terraza de menos de veinte metros cuadrados. Las palomitas de Baldó dejaban el resto de las terrazas del edificio llenas de “regalos”. En más de una ocasión, el presidente de la Comunidad llamó la atención a los padres de Luis, pero las palomas vivieron en aquella casa durante muchos años, los justos como acordarnos de las madres de aquellas palomas.

Además, también Luis tenía un loro que no paraba de hablar y un gato prodigioso de aspecto faraónico.

Todo esto ocurrió hace treinta y cinco años aproximadamente. Hoy veo a los niños españoles que viven en su individualidad. ¿Dónde quedó aquel equipo que jugaba en el barrio? ¿Por qué los niños de hoy, sólo juegan con consolas, que dicen que les consuela? ¿Por qué no practican deportes, ni juegan al futbol, al churro va o a la pídola? Por no jugar, no juegan ni al escondite. Hoy todo lo saben. Millones de datos llegan a través de las nuevas tecnologías. Hoy todo va mucho más rápido. Incluso hoy todo se descubre antes de tiempo. Y eso, es terrible. No se puede ir en contra del propio tiempo. Sobre todo, es fundamental que los propios niños lleguen a entender el concepto de la solidaridad y el equipo y de que todo se puede, despojándose de individualismos, de egoísmos.

En casa, todos los fines de semana nos vamos a correr toda la familia. Todas las noches nos sentamos a cenar juntos y luego los niños leen media hora. Por lo menos eso. No tenemos mascotas mas que un conejo que se llama José Luis y que vive en el jardín. No juegan mucho con los niños del barrio, sí con los de la escuela. Pero los juegos ya no son como antes. Por eso, les fomentamos el deporte y la lectura. Está en nuestras manos y no en las de ellos, hacer un mundo mejor.

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