Agua

Agua

Te quedas a dormir en casa de un amigo. Tienes once años. A eso de las cuatro de la madrugada te despiertas con una sed apremiante y bajas a la cocina porque recuerdas esa jarra de agua fresca que has visto antes en la nevera. Tienes que bajar los escalones a ciegas, no quieres encender la luz porque temes despertar a alguien. Es una de esas casas enormes de dos plantas decorada con objetos caros y exóticos procedentes de distintas partes del mundo. El padre de tu amigo es capitán de barco y pasa meses y meses fuera de casa. Aunque jamás lo has visto personalmente, conoces su aspecto gracias al gigantesco retrato al óleo que cuelga sobre la chimenea. Es un señor de porte atlético, rubio, el rostro tenso y fibrado, una frente curtida por el sol, ojos azules. Mientras cruzas el salón de puntillas, alguien abre la puerta principal y enciende las luces. Quedas expuesto. Un tipo vestido con un uniforme blanco idéntico al del cuadro acaba de llegar a casa. Sostiene una gorra de capitán en una de sus manos y una bolsa de deporte en la otra. Ambos os quedáis paralizados y os miráis a los ojos. Es un señor espectacularmente gordo, tres pueblos más allá de la obesidad mórbida. Y no es rubio. Ni sus ojos son azules. Son de color marrón mierda y te miran de tal modo que no puedes evitar empapar tus pantalones y una preciosa alfombra persa.

www.hongosblog.blogspot.com

Deja un comentario