Enésima queja contra el ruido

Interludio

Román Revueltas Retes

Salgo a caminar, como todos los días. Cruzo el parking de un gran centro comercial. Justo donde se encuentra una pequeña estación de servicio, han puesto unas bocinas que vomitan, a todo volumen, tonadas de esa llamada “música grupera”. Un centenar de metros más lejos, lo mismo: hay celulares en “promoción” y atronadores altavoces sueltan, esta vez, cumbias y merengues. Casi a la salida hay un tercer puesto, un espacio ocupado por traficantes de coches usados, donde, faltaría más, te recetan también músicas estruendosas; así, a la fuerza, quieras o no quieras, te gusten o no te gusten, te molesten o no te molesten…

Si pusieran adagios de Mahler o marchas de Elgar me fastidiaría lo mismo. Lo que hostiga no es el repertorio, sino el ruido infernal y el hecho de que ese estruendo represente, en toda su dimensión, una invasión brutal de un ámbito personalísimo del ser humano: su misma alma, con el perdón de ustedes.

Pero lo que más me enferma es la indiferencia de los demás, esa capacidad que tienen para acomodarse perfectamente al pisoteo de sus derechos y, encima, de no registrar el asunto como una profanación sino como un circunstancia normal de la cotidianidad. Me pregunto, finalmente, cómo somos, qué sentimos, qué advertimos, qué anhelamos y qué esperamos. ¿Somos acaso una colectividad de bárbaros insensibilizados? ¿Somos tal vez demasiado jóvenes de espíritu y, por lo tanto, obligadamente bullangueros? ¿Somos un pueblo tropical y bullicioso de naturaleza? No me cuestiono a mí mismo porque —aunque parezca un tipo desadaptado, misántropo, amargado y rencoroso— no estoy dispuesto, en momento alguno, a renunciar a una garantía tan universal como fundamental: el derecho al silencio.

Hace algún tiempo, viajé en el TGV francés. El vagón donde tenía el asiento era una “voiture silence”, o sea, un espacio donde no debía haber ruido. Pues, lárgate a Francia, me dirán algunos lectores. ¿Sí? Para nada. El problema lo tenemos aquí. Y aquí es donde vivo yo. Y aquí es donde quiero seguir viviendo.

mileniodiario.com.mx

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