¿Y a qué no se ha opuesto la Iglesia?

¿Y a qué no se ha opuesto la Iglesia?

Luis González de Alba

Se hace el que no entiende: Juan Sandoval o Perico el de los Palotes tienen derecho a opinar lo que gusten sobre bodas entre homosexuales y adopciones. Pero acusar a la Suprema Corte de recibir sobornos es una calumnia… o debe comprobarse. Ése es el tema escabullido, no el derecho de opinión.

Las diatribas de obispos y cardenales eran de esperar, pues ¿a qué no se ha opuesto la Iglesia en 16 siglos? En cuanto se hizo del poder político, la Iglesia primitiva canceló las olimpíadas clásicas que llevaban más de mil años ininterrumpidos. En parte porque eran la fiesta de Zeus, pero se pudo haber cambiado el patrono y ofrecerlas a Cristo. La Iglesia las canceló porque eran la fiesta del cuerpo, la juventud, la salud: los atletas realizaban sus competencias en absoluta desnudez y al rayo del sol. Hizo pecado de todos los placeres y del cuerpo el principal enemigo, fuente de condena eterna. Contra “mundo, demonio y carne” la receta son ayunos y azotes, cuerpos enflaquecidos bajo apestosos sayales, ocultamiento, oscuridad. El nuevo dios pedía sufrimiento (quién sabe por qué).

La Iglesia se dirigió luego contra la ciencia, producto también del mundo pagano y búsqueda del orden natural sin atender a textos sagrados, sino a las regularidades de la propia naturaleza. Desde el martirio de la astrónoma Hipatia en Alejandría (marzo del 415), por una turba de cristianos azuzados por el obispo Cirilo (hoy San Cirilo, esa bestia), la Iglesia se ha opuesto a todo lo que hoy conforma el mundo moderno: desde la rotación de la Tierra y su traslación alrededor del Sol, hasta la evolución, admitida con desgano; los métodos anticonceptivos, la igualdad de la mujer ante la ley, la elección de gobernantes por votación y no por derecho divino de los reyes. El cristianismo implantó la tortura en la eternidad misma: lagos de plomo derretido y hartas hogueras de las ya proscritas aquí. Las leyes civiles han modificado las penalidades aplicables al delito y prohíben latigazos, desmembramiento, cualquier tortura y, por supuesto, la hoguera como método para salvar pecadores. Pero los cardenales no han hecho su tarea con las torturas de la eternidad. Enseñar eso a niños debe ya penarse con prisión.

Me han dicho que esta crítica a la Iglesia es injusta porque fueron religiosos los fundadores de la ciencia moderna. Lo fueron Bacon y Copérnico, mas no por religiosos realizaron sus descubrimientos, sino a pesar de serlo: el claustro aportó lectura, pan y soledad para redescubrir la ciencia clásica. Y, al menos Copérnico, vivió aterrado y sin publicar su teoría hasta el final de su vida. Mismo pánico de Darwin en pleno siglo XIX.

Lo que hizo la Suprema Corte (y no es poco, dado el clima de odio a la diferencia) es confirmar el Artículo 1 de la Constitución, que establece la igualdad de todos los mexicanos ante la ley. Es todo y es muchísimo. La pregunta no es por qué sí, sino por qué no en lo que hace a matrimonio y adopción. La Corte está asumiendo su papel en las controversias legales: dictamina cuándo se afectan principios establecidos por la Constitución.

Los señores que se visten con faldas coloradas, encajes de bolita, gorros de cucurucho y otras mariconerías, están en todo su derecho de negar sus sacramentos a quien decidan, entre ellos el matrimonio eclesiástico, y de opinar en cuanto al civil; calumniar, nunca. Alguna vez fue asunto a debate, en el Sínodo de Macón de 486, si las mujeres tenían alma o si podían incluirse bajo el genérico Homo (las fuentes discrepan). Se votó a favor de ellas lo que haiga sido. Pero la duda subsiste, pues les niegan la ordenación sacerdotal, las faldas moradas de obispas y las coloradas de cardenal.

Ciudadana e intachable la respuesta de Ebrard al cardenal Juan Sandoval, quien lo acusa de haber sobornado a la SCJN: demanda por vía legal. Bravo por Ebrard. Y el soborno o maiceo del gobernador de Jalisco al cardenal pasó urbi et orbi por TV.

mileniodiario

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