¿Terrorismo en México?

 ¿Terrorismo en México?

La ciudad más insegura del mundo no es Juárez sino Bagdad: estás haciendo la compra en cualquier mercadillo callejero y, pum, estalla un coche bomba o un tipo con el cinturón cargado de explosivos se hace volar. La recompensa prometida, para estos suicidas, es bien curiosa: un pase de entrada para el Edén donde habrán de ser eternamente agasajados por decenas de doncellas vírgenes. Estas vírgenes, sin embargo ¿cómo van ataviadas? Supongo que llevan el chador o el burka o algo así porque la transacción fue previamente pactada por islamistas fanáticos, esos mismos que, aquí en las infiernos terrenales, disponen que las adúlteras sean lapidadas. O sea que, mal negocio.

Estoy casi seguro de que la miseria sexual de esos hombres es lo que los hace tan feroces y represores, más allá de que estén dispuestos a matar indiscriminadamente a gente inocente —niños y mujeres que no han cometido pecado alguno y, desde luego, varones tan poco merecedores de perder la vida, o una pierna o los ojos o las manos, como el más justo de los comunes mortales— para salvaguardar, dicen ellos, la pureza de su religión.

En Kabul tampoco es muy aconsejable andar por las calles porque los talibanes han vuelto y, de la mano de otras organizaciones extremistas, tratan de sabotear cualquier intento de normalización de la vida pública. Entre otras cosas, destruyen las escuelas donde estudian las mujeres y matan a los ciudadanos que participan en las actividades promovidas por las fuerzas de ocupación. Miles de millones de dólares, literalmente, se han malgastado en Afganistán para crear instituciones tan esenciales como un cuerpo de policía capaz de mantener el orden público y brindar seguridad a la gente de a pie. Pero, nada que hacer: los esfuerzos se pierden inexorablemente en los laberintos de la corrupción, el escaso adiestramiento de los agentes locales, los usos y costumbres, la resistencia de la población y las diferencias culturales. ¿Se puede imponer la democracia por la fuerza, desde fuera y a punta de dinero? Por lo visto, no.

La inseguridad que padecemos en este país es de otra naturaleza (aunque, hay que decirlo, Afganistán es un paraíso para los narcotraficantes). No tenemos aquí, hasta ahora, conflictos étnicos (la revuelta liderada por el subcomandante Marcos en Chiapas es lo más cercano a un problema de esta naturaleza que hayamos tenido en los últimos tiempos) ni enfrentamientos religiosos (un cardenal suelta por ahí un par de ofensivos disparates y un alcalde le responde con la ley en la mano pero nadie pone bombas ni hace un llamado para emprender una guerra santa). No existe, tampoco, una organización de fanáticos terroristas que haya lanzado un desafío al Estado mexicano. Afrontamos, eso sí, los embates de la delincuencia común y las embestidas del crimen organizado. Curiosamente, vivimos en la región con la más alta criminalidad de todo el mundo. El problema de la inseguridad también lo tienen países como El Salvador, Guatemala, Venezuela, Brasil y Colombia; se ha acrecentado, además, en Perú y en la Argentina. ¿De qué estamos hablando, entonces? ¿Acaso compartimos, con los otros países del subcontinente, ciertos rasgos culturales que propician la delincuencia? ¿El estrepitoso fracaso del proyecto educativo ha ocurrido también en las naciones sudamericanas? Buen tema para los sociólogos. Pero, además ¿por qué hay menos criminalidad en Costa Rica, en Chile y en Uruguay?

Lo más preocupante, con todo, es el giro que está dando la violencia en México: esas granadas, esos coches-bomba, esos ataques contra jóvenes reunidos en un fiesta ¿no son ya —hay que enunciar los términos aunque sea muy duro hacerlo— actos terroristas? Toco madera y espero que estemos hablando de sucesos aislados y episódicos.

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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