¿La palabra o la vida?

¿La palabra o la vida?

Francamente no hay dilema entre callar y no callar ante la ola de violencia que vive la sociedad mexicana, no debe haberlo; el periodismo no puede callar, así este amenazado, amedrentado, acosado. Si el periodismo y los periodistas callan se están sometiendo a quienes usan la violencia y la fuerza para acallarlos; si el periodismo y los periodistas callan están faltando a su razón de ser, le están fallando a la sociedad a la que se deben y para la que existen.

Dejar una pantalla en negros, una columna vacía o una frecuencia en silencio es renunciar por miedo —entendible y razonablemente humano— al deber profesional. Decir que no se habla de un tema “para preservar la vida” es caer en el juego del chantaje, es entregar la palabra, principal herramienta del periodismo a los criminales. Si ellos ya tienen en sus manos la vida y el miedo de millones de mexicanos a los que han sometido, y ahora se les entrega la palabra, no habrá ya posibilidad de denunciarlos, de exhibirlos, de mostrarlos en su monstruosa pequeñez.

Un medio que se autocensura para no transmitir una noticia de un secuestro, sea porque involucra a un político poderoso o porque el secuestrado es un reportero suyo, es un medio que se está replegando ante el poder de los criminales. Puede doblarse el periodista, el que ve amenazada directamente su vida y que, ante las amenazas, las agresiones y el acoso, no siente respaldo ni de su empresa ni del Estado para garantizarle su libre ejercicio profesional.

En esos casos, los individuales, puede entenderse la decisión de salirse de la cobertura de ciertos temas como el narcotráfico cuando eso claramente pone en riego su vida; el periodista tiene que correr los riesgos que conlleva la profesión, pero tampoco está obligado a ser un héroe cuando ni el medio para el que trabaja ni el gobierno que debe proteger su ejercicio le dan las garantías suficientes para trabajar. Y aún así hay decenas de casos de periodistas mexicanos que no quisieron callar y siguieron haciendo su trabajo, aunque eso les costó la vida.

Pero cuando un medio, con todo su poder, decide callar, entonces está faltando a la ética y al deber ser como institución que se debe a la sociedad. Porque si esos medios tienen poder para otras cosas —intimidar a políticos, sacar millones en publicidad o imponer sus agendas e intereses al país— lo tienen también para defender la vida de un trabajador suyo y denunciar a los criminales.

Presiona mucho más un medio que denuncia, que difunde, que documenta y exhibe a los agresores y a los criminales que atentan contra la sociedad, sean ciudadanos comunes o reporteros o políticos empoderados, que uno que guarda silencio como supuesta protesta. Esa es una acción vistosa, llamativa y hasta algo dramática, pero al final demagógica y antiética.

Algo anda muy mal cuando los periodistas se convierten en noticia; algo no está funcionando cuando el Estado no puede garantizar la seguridad de los ciudadanos comunes, que viven atrapados en el miedo y la incertidumbre, y cuando los reporteros y comunicadores, ciudadanos también, tienen que callarse o difundir los mensajes que les piden los criminales como condición para salvar la vida. Algo en el concepto de Estado no funciona cuando el dilema se vuelve: ¿la palabra o la vida?

Salvador García Soto/eluniversal.com.mx

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