Uno más de los villamelones

Villamelón: Dícese de los toros que no tienen cuernos o los tienen muy pequeños o les falta valor o trapío. Lo mismo de aquellos que creen ser “aficionados” al arte taurino sin saber nada al respecto (haciendo alusión al toro sin cuernos o sin trapío).
Vox pópuli

Uno más de los villamelones

Extraño mundo el del deporte. Extraño y fascinante. Aturde y esclaviza: transforma a las personas en algo que normalmente no reflejarían sobre sí mismas con facilidad. Aturde y libera: es, como decía George Orwell, la continuación de la guerra sin balazos de por medio. Como un 5 de mayo casi siglo y medio después. Como si llegara de la nada, el deporte acumula una tensión palpable y de este mundo, para transformarla irremediablemente en sueños o en añicos. Sobre todo el deporte de conjunto genera una extraña sensación de propósito, una imaginaria colectiva en la que hay un mundo sencillo y sin complicaciones en el que sólo existen dos bandos claramente identificados: ellos y nosotros, los incuestionablemente malos y los evidentemente buenos, cada uno de los cuales tiene su historia que ya no juega aunque a más de uno determine. Todo acaba con un silbatazo final, que no es sino una forma instantánea para despertar conciencias e intentar regresarlas al mundo de la realidad aunque las repercusiones tengan ecos en ocasiones generacionales.

El mundo del deporte es siempre un largo ayuno que se resuelve en algo poco más duradero que un instante. Independientemente de esa temporalidad, tiene el poder de generar para millones una especie de paraíso artificial, una realidad virtual en la que todo es posible y en la que en cada una de las miles de repeticiones ad náuseam en las que El Chicharito o El Cuau anotan, ya no son ellos sino varios millones de mexicanos quienes en realidad están convirtiendo un sueño propio en una pequeña certeza personal. Del otro lado siempre hay la resaca, la triste noción de lo que pudo haber sido, la humana práctica del cuestionamiento a veces tan inútil como interminable ante el fracaso, el temor de llegar a ser “buenos perdedores” porque perder se puede volver una costumbre. Que el deporte no construye el carácter sino que revela el que ya se trae se evidencia sobre todo en la derrota, en las patadas que se reciben más que en las que se dan.

Más extraño aún es el deporte cuando se trata de un ejercicio en el cual pueden transcurrir los 90 minutos previstos para que se desarrolle la liturgia sin que se cumpla el propósito central: 22 personas corriendo tras un balón en un templo que debe medir entre 90 y 120 metros de largo y tener entre 45 y 90 metros de ancho para depositarlo en un altar que mide 2.44 metros de alto y cuya longitud es exactamente tres veces mayor que la altura, por tanto 7.32 metros. A veces toda esa energía sin resultados concretos sucede porque los jugadores, como gusta decir en estas fechas mi tía Cleta, son claramente temperamentales: 98 por ciento temperamento y 2 por ciento mentales. A veces porque en esta ópera popular sobran los sopranos pero faltan los músicos, o simplemente porque Dios decidió no darse una vuelta por su templo para estar con los creyentes. A veces, sin embargo, hay ese grito único, universal, que viene desde un lugar recóndito y se expresa lo mismo en chino que en japonés, en italiano o en francés. No por nada, junto con “taxi”, la palabra más universal es un sencillo grito de ¡“gooooool”!

Mi tía Cleta no entiende por qué en estas épocas se hace necesario leer el periódico empezando por página deportiva: porque ahí están las acciones meritorias de muchos y las hazañas de otros, la confirmación de nuestros sueños o la argumentación de nuestros fracasos, de aquellos que no importan aunque sí lo hagan, de aquellos que son pasajeros aunque duren. Ahí en las páginas deportivas está el mundo sin complicaciones que todos quisiéramos que existiera de verdad en el otro mundo, ese que se muestra cada vez con menos piedad y más crudeza en la primera plana. Ésta es cada vez más el recuento de nuestros peores fracasos, los que sí importan aunque con frecuencia los hagamos a un lado, los que no son pasajeros aunque prefiramos olvidarlos. Por eso, porque puede recrearse el penalti anotado o el juego perfecto, la genialidad o la valentía, por eso es que las secciones deportivas cuando menos por este mes debieran ser las páginas principales de los periódicos. Tan sólo por eso.

Marco Provencio en mileniodiario

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