Surafrica

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El Mundial abre sus puertas con un primer susto en seguridad: ladrones armados con pistolas encañonaron y robaron a los periodistas que siguen a la selección portuguesa, tras entrar sin dificultad alguna en el hotel oficial y en sus habitaciones. La cuestión no es lo que se llevaron ni el susto y la angustia que pasaron. El problema real es que se pone de manifiesto lo que tantos temían cuando se designó Suráfrica como sede del Mundial. He tenido ocasión de visitar el país y conocer sus contrastes: gran desarrollo urbano frente a los chamizos de Soweto, buenas infraestructuras para vehículos que chocan con el hecho de que casi todo el mundo va a pie por carretera, mansiones espectaculares y barracas de latón con servicios de miseria, lujo satelital junto al 20 por ciento de una población que malvive con menos de dos euros al día y carece de electricidad y agua corriente. Pero su gran déficit es la seguridad. Me alertó de ello una amiga inglesa que reside en Madrid y tiene a parte de su familia allí. Es el lugar más peligroso del mundo, subrayó tras detallarme cómo dos de sus sobrinos fueron asesinados cuando intentaron robarles. Algo bastante habitual, por lo demás. Te pegan tres tiros con total naturalidad para llevarse un ordenador portátil o un reloj de pulsera. O te queman la mano con una plancha candente. En algunas autopistas echan ácido clorhídrico en la cara a los conductores para cegarlos y llevarse cuanto tienen. Y hacen estallar los cajeros automáticos con cartuchos de goma 2. Por eso cuando llegas te atiborran a consejos: no se desplace usted solo o en grupo sin guía; no salga a la calle con demasiado dinero ni con toda la documentación, sino con fotocopia del pasaporte; elija un hotel de lujo y cierre la habitación siempre con llave; si se le ocurre alquilar un coche viaje siempre con las ventanas bajadas y las puertas cerradas, pues los asaltos por carretera o en los semáforos son cotidianos.
Parte del tiempo que pasé en el país estuve encerrado en un complejo hotelero en el que teníamos de todo: calles con comercios, restaurantes, casinos, tiendas occidentales, agencias de viajes y cualquier cosa que un visitante puede necesitar. Una auténtica fortaleza rodeada de muros, cielo artificial, alambradas electrificadas y detectores de movimientos. Así es como pasarán estos días la mayor parte de las delegaciones desplazadas a Suráfrica para intentar eludir el acuciante problema de seguridad: 300.000 asesinatos desde 1994, más de 118.000 asaltos a mano armada anuales, 80.000 vehículos robados, 37.000 violaciones, tasas de criminalidad ocho veces más altas que en los suburbios de EE.UU,  y cinco millones de infectados por el VIH, el 11 por ciento de su población, la tasa más alta del mundo.
Y eso que es el país más rico de la región. Genera el 40 por ciento del PIB sub-sahariano y forma parte del G-20. Eso sí, con un presidente, Jacob Zuma, mujeriego y populista, que no sabe muy bien qué hacer para evitar los ataques a pedradas a los coches de las fuerzas de seguridad, los asaltos y quemas de autobuses municipales, o las reyertas entre taxistas rivales, que a veces acaban con pasajeros muertos tras tiroteos de película.

Jose Antonio Vera/larazon.es

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