Ridículo triunfalismo futbolero

En esta época mundialista, la publicidad trasforma el tema futbolístico en una mezcolanza de feroces bravuconadas: ¿esta exaltación de “lo mexicano” tiene algo que ver con el futbol? Por lo visto, sí. El posible triunfo del Tri significa la explosión del patrioterismo más ramplón. Y esta desmesura es cultivada por los publicistas, que son promotores de una república bananera.


Ridículo triunfalismo futbolero

Foto: Etzel Espinosa/MexSport

Si el futbol se volvió una cuestión de Estado en Francia, entonces tendríamos que digerir perfectamente la epidemia futbolera que nos ha caído encima aquí. Sarkozy es el presidente de un país serio y, miren ustedes, lo primero que hizo luego de la derrota de Les Bleus fue inmiscuirse directamente en los asuntos del balompié: canceló una reunión que tenía el jueves con gente de organizaciones de combate a la pobreza —previa al inminente cenáculo de los mandamases del G-20— y recibió en cambio a Thierry Henry para analizar con la debida atención el tema de la desastrosa actuación del conjunto francés en el Mundial. Como buen fanático futbolero que soy, aplaudo su reclasificación de las prioridades geopolíticas.

El futbol que se juega en Sudáfrica también me está cambiando mi cabecita a mí. Por ejemplo, Aguirre, antes, me caía bien. Y Maradona, muy mal. Ahora es al revés: el Vasco me cae gordo y ese Pelusa que mima a sus jugadores y que ha podido insuflarles tamaña dosis de camaradería me parece, de pronto, un tipo interesante. Creo, en este sentido, que fue un desatino escoger la figura de Aguirre para que nos avivara los fervores patrios en la gran campaña de purificación nacional: el hombre —por más que nos diga que debemos vivir en el país del “ya se pudo” en vez de que sigamos cacareando aborregadamente el “sí se puede”— no está en una situación de fuerza ni mucho menos. Por el contrario, el aplastante espantajo del fracaso le espera a la vuelta de la esquina y, además, ha desafiado abiertamente la voluntad del pueblo soberano que pide, a voces, la defenestración del Guille Franco y la inmediata incorporación de Guardado y del Chicharito. ¿Ese personaje, responsable directo de tomar decisiones tan impopulares, es el que va a encarnar la trasmutación de México en un país ganador? Su única tabla de salvación es que el equipo nacional, dentro de unas horas, derrote a los argentinos pero este desenlace, con el perdón de ustedes, me parece muy improbable.

En fin, volviendo a la cuestión de los grandes asuntos del Estado, una ministra francesa denunció que los futbolistas galos, al exhibir tan mezquino y mediocre cumplimiento en la cancha, daban un pésimo ejemplo a la niñez de su país. Podemos establecer, de la misma manera, una relación entre el desempeño de la Selección mexicana y las aspiraciones de nuestra sociedad. En todo caso, si enciendes el televisor verás publicidades que trasforman el tema futbolístico en una mezcolanza de feroces bravuconadas patrióticas y arrebatados desplantes: ¿esta chabacana exaltación de “lo mexicano” —con elementos tomados directamente de la iconografía fascista como en ese anuncio donde unas multitudes levantan altaneramente el puño— tiene algo que ver con el futbol? Por lo visto, sí. O, digamos que una cosa lleva a la otra: el posible triunfo de los jugadores en el estadio significa, desde ya, la descomunal, excesiva, descomedida y excedida explosión del patrioterismo más ramplón. Y esta desmesura, curiosamente, ha sido cultivada, fomentada, propiciada y alentada por los mercaderes. Venden más cerveza, supongo, si exhiben los colores de la bandera y remueven las fibras del nacionalismo. Nuestros publicistas se han olvidado de la mercadotecnia y se comportan como propagandistas de una república bananera.

Todo esto me parece escandalosamente ridículo pero tiene que ver, directamente, con el universo del balompié: Aguirre aparece en los anuncios de un banco y dice que te “pongas la verde” o algo así; los muchachos del Tri, bien machotes, braman constantemente que “vamos a ganar”; los aficionados, entrevistados en la televisión, te sueltan, sin pestañear, que no importa que Messi e Higuaín estén delante porque tenemos al Chicharito y al Temo. Todos son cómplices y comparsas obligados, no hay lugar alguno para la discreción y la mesura. El triunfalismo es, por lo que parece, otro de los síntomas de la epidemia.

Luego viene, tarde o temprano, la derrota. Y ahí, buena parte de los que ya habían vendido la piel del oso se trasforman en los emisarios del derrotismo más despiadado. Nos solazaremos pues en la autodenigración con el mismo ánimo que habíamos dedicado a baladronadas y jactancias. Es normal: la resaca de los delirios es muy dolorosa.

El futbol es, en efecto, un asunto de Estado.

Roman Revueltas Retes/mileniodiario

Deja un comentario