Mejor vámonos a ver el futbol

Mejor vámonos a ver el futbol

Algo anda mal en la política cuando el director técnico de la Selección Mexicana de futbol es la única figura pública que puede exhortar a sus conciudadanos a sacudirse los lastres que impiden que este país explote el enorme potencial que objetivamente tiene.

Por supuesto, quienes tenemos memoria no dejamos de contrastar el video que comienza con las palabras “soy Javier Aguirre y amo a México” con las declaraciones que hizo el entrenador a la cadena española SER, en febrero pasado, y concluimos que, al menos, cambió de opinión.

Sin embargo, dígame usted qué político mexicano podría pararse frente al Ángel de la Independencia y, en una especie de recreación para la tele del Grito de Dolores, como la que protagoniza Aguirre, llamar a los mexicanos a ser “el gran país seguro, próspero y justo que todos imaginamos”.

Como me decía esta semana mi compañero de páginas e insigne abogado José Elías Romero Apis, cuando los políticos tiran penaltis y los futbolistas hacen discursos, lo natural es que de inmediato se escuchen las risas grabadas. Pero en este caso, más que frente a una comedia, nos encontramos frente a una tragedia.

Sustituya usted a Aguirre por alguno de los actuales aspirantes a la Presidencia y le aseguro que, a no ser que sea el de su preferencia, no tardaría usted sino unos segundos en cambiar de canal o apagar el televisor.

Pregúntese usted quién es el hombre o la mujer que podría pararse frente al Ángel sin escuchar la rechifla de quienes no son sus partidarios. ¿Quién es el mexicano con el suficiente talento, carisma y arrastre que puede lograr la confianza de la mayoría de los mexicanos e infundir en el ánimo nacional la convicción de que podemos ser algo más de lo que hemos sido; que México, con su territorio, sus recursos y sus habitantes, es capaz de ser un país líder en el mundo y, sobre todo, más justo? ¿Quién tiene en sus manos la fórmula para que todos vivamos con seguridad?

Si usted ante esa pregunta, en lugar de risas grabadas, oye el silencio, no lo (la) culpo. A mí tampoco se me ocurre nadie.

Cuando escucho el discurso de los políticos mexicanos, comenzando por los más encumbrados, me da por no creer. Los percibo egoístas, interesados en su propio futuro y en el de su facción, no en el destino de México y sus habitantes. Los encuentro incapaces de colaborar para construir y empeñados en criticar para destruir. Últimamente sólo los he visto unidos —y, eso, de manera muy convenenciera—en torno del rechazo que comparte la enorme mayoría de los mexicanos hacia la Ley Arizona.

A diferencia de Javier Aguirre, esos políticos jamás cambian de opinión por muy equivocados que estén. Más vale inepto que débil.

Hay quien descalifica opiniones como la que acabo de expresar como “antipolítica” y asegura, sin tener base alguna para decirlo, que las diferencias entre la clase dirigente de este país son las mismas que dividen a los mexicanos en la base. No creo esto último porque no son ideas las que generalmente mueven a los políticos mexicanos sino intereses, y si vamos a hablar de “antipolítica”, la suya es la peor que existe.

En el choque de intereses —donde prevalecen las victorias pírricas, a veces de unas facciones, en ocasiones de otras—se va construyendo la tragedia nacional. ¿De qué otra manera podemos explicar nuestras grandes desventuras, llámense la dependencia del petróleo, la pérdida de autoridad de Estado, la brecha creciente entre ricos y pobres o la incapacidad de definir qué quiere venderle este país al mundo dentro de 20 años?

Eso es lo que nos recuerda la presencia de Javier Aguirre en la pantalla: que somos un país sin líderes y sin un proyecto de nación consensuado. O lo que es peor: con muchos líderes de facción y muchos proyectos particulares para imponer a los demás.

Pero también nos recuerda que, una vez cada cuatro años, el mundo toma un respiro, se va de recreo, pasa sus problemas al asiento trasero y se emociona con las peripecias del deporte más popular de la Tierra.

El Mundial de Futbol ha llegado para sacarnos del tedio que representa una política fracasada y repetitiva, de los vacuos cierres de campaña de los candidatos a gobernador, de los prolegómenos de una lucha electoral de 2012 que se antoja tan enlodada como la anterior, del torrente de sangre y muerte que provoca el crimen organizado…

Es triste decirlo, pero, al mismo tiempo, un alivio: En momentos así, no hay nada mejor que hacer que buscarse un sillón cómodo y la compañía de buenos amigos, y colocarse frente a la tele para ver el futbol. Créame, cuando el árbitro pite el final de la gran final en Sudáfrica y una de las selecciones alce la copa, aquí no habrá pasado nada, el país seguirá en las mismas.

Pascal Beltrán del Río/exonline.com.mx

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