La magia del futbol

La magia del futbol

Este viernes 11 comienza para México, como cada cuatro años, la crónica de una decepción anunciada. Una decepción inflada por anuncios televisivos que ponen al director técnico del equipo tricolor, aunque sepamos de su desprecio, como un profeta del nacionalismo más cursi, o a la marca de cerveza más vendida del país en franco orgasmo dorado del ánimo patrio.

No me malentiendan: a pesar de mi género me encanta el futbol. Tanto que me he quedo más de una vez, más de un campeonato, más de un Mundial, quietecita y en un sillón las dos veces 45 minutos que duran los partidos, sin contar el medio tiempo, escuchando la ronca dislalia del Perro Bermúdez (¿alguien sabe por qué le dicen perro?) acompañada por los malos chistes de Derbez y las viñetas de ese personaje despeinado y atroz de Bustamante que, se supone, representan lo mejor de la comedia deportiva mexicana.

Más de una vez me he preguntado, también, por qué, si nuestros jugadores son tan buenos en el Real Madrid o en el Manchester United, son tan catastróficamente mediocres cuando juegan en la selección nacional, como si la camiseta tricolor llevara implícita una maldición que a todos los rindiera bofos, fallidos y maletas. Digo, al margen de la cursilería de los anuncios y del humor involuntario de los comentaristas deportivos que leen la noticia de que Cuauhtémoc Blanco fue cachado fumando en su cuarto con la grave solemnidad de quien revela que ya ha sido encontrado el paradero del Jefe Diego, la realidad es que vamos a perder, si no en el primer partido, en octavos de final o, a lo más, en cuartos, y que, la mera verdad, no será para tanto: ha sucedido antes, muchachos y, mientras no dejemos de ser un país corrupto y victimista, seguirá sucediendo por muchos años después.

Pero en eso radica la magia del futbol: en el enorme poder no de nuestros resultados sino de nuestras ilusiones. En unos días más ya no van a importar los decapitados, el secuestro de Diego, las elecciones, los maestros de la sección 22 ni los antecedentes históricos del mediano estilo y desempeño de nuestra selección. México volverá a estar unido por un balón y, cuando nos eliminen, nuestro corazón volará hacia Inglaterra y su juego seco pero efectivo, hacia Holanda y su tanque naranja, hacia Brasil y sus jugadores antigravedad o, si aún sobrevive, hacia Sudáfrica, en franca solidaridad moral con el país anfitrión. ¡Waka, waka!

En ese mismo espíritu de evasión le aviso a quien corresponda que por tres semanas voy a estar de vacaciones. Y no, no me voy al Mundial.

Roberta Garza/mileniodiario

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