La dificultad de ser noble

La dificultad de ser noble

Mierda. Tantas ilusiones que nos habíamos hecho. Escribo estas líneas de madrugada, ya bien entrado el lunes. El ruiseñor que acostumbraba traerme serenata todas las noches, esta vez no llegó. Ni siquiera llueve. Incluso las teclas parecen más silenciosas que de costumbre.

El silencio envuelve la nueva que llega desde Bogotá. Único acompañamiento posible. La sensatez, la inteligencia, la generosidad, el ingenio y la esperanza, sobre todo la esperanza, perdieron. Porque todo eso encarnó ese personaje inverosímil que es Antanas Mockus, candidato a la presidencia de Colombia. Quién sabe por qué sus padres lituanos cayeron en los parajes de Aureliano Buendía. Huyendo de la guerra, sin duda, que no perdonó al Báltico.

El pequeño Antanas vio la luz en ese país exótico y lejano, hijo de Alfonsas y Nijole Šivickas, a principios de los cincuenta. Quesque muy acá, el Antanas aprendió a leer a los dos años. Muy joven terminará la prepa en el Liceo Francés con todos los honores. En Francia, en Dijon, se hace matemático, filósofo y excéntrico. Gran matemático y gran filósofo. Y muy excéntrico. Yo creo que fue por la mostaza.

De regreso a su país continuará su carrera meteórica, y a los 38 años es nombrado rector de la Universidad Nacional. La gente, asombrada, no para de hablar de él y de sus ocurrencias; ocurrencias, dejémoslo dicho, que son mucho más que simples puntadas.

Cada mañana, por ejemplo, el joven rector va a su oficina en bicicleta. Y en bicicleta regresa, claro, cada noche a su casa. No perdamos de vista que nos encontramos a inicios de la década de los noventa. Las ejecuciones, los levantones y los secuestros están a la orden del día, aumentados y corregidos por la paranoia reinante. Nada de todo esto parece inquietar a nuestro Antanas, que va y viene en su bicicleta, como si nada, por las agitadas calles de Bogotá.

Acabó de hacerse célebre el día en que, en uno de los auditorios de la Universidad, los asistentes impedían a gritos que pronunciara su discurso. Antanas Mockus se volvió de espaldas a la sala, se bajó los pantalones y los calzoncillos y, agachándose, les mostró las nalgas a los desaprensivos. Esa fue ese día la alocución del señor rector.

La rectoría, como a menudo sucede, fue la senda que condujo al bisoño sabio hacia los pantanos de la política. Por dos ocasiones fue elegido alcalde de la ciudad capital. Por medio de sendas campañas sin propaganda. Así como lo lee. Ni Ripley se atrevería a publicarlo. Proclamó, eso sí, para que nadie se llamara a engaño, que había sido diagnosticado, recientemente, como enfermo de Parkinson. Y, para sorpresa de todos, una vez instalado al frente del Consistorio, sus originales iniciativas conocieron un éxito impensable.

Y Bogotá apareció, por arte de magia, como un oasis, una ciudad ordenada, tranquila y alegre. Y en alguna medida, segura. Su doctrina, y sus métodos, los llamó “cultura ciudadana”. La idea era que la sociedad fungiera de manera activa como garante de la dinámica urbana. Y salió bien. A los coches que se estacionaban mal ya no les ponchaban las llantas ni llamaban a la grúa. La gente traía consigo una pequeña colección de calcomanías, una de las cuales rezaba: “Cuidado. A la persona que maneja este auto, le gusta estacionarlo donde no debe”. Y sin más se lo pegaban en el parabrisas. Funcionó, claro que funcionó.

En 1998 fue por primera vez candidato a la presidencia. Y perdió. Ayer fue la segunda, postulado por el Partido Verde en fórmula con otro gran personaje, también matemático, como aspirante a la vicepresidencia, Sergio Fajardo. Las encuestas les daban 36% de las preferencias, contra 38% del carnicero J. M. Santos, ministro de Defensa (nunca un eufemismo fue más ofensivo) de A. Uribe, el tablajero. Pero a l’hora de l’hora, los matemáticos tuvieron sólo 21 por ciento. Desplome. El verdugo, 46 por ciento. Si soñara, que no sueña, no lo hubiera soñado. Las encuestas sólo nos dicen lo probable. Y a veces se produce lo improbable. Y lo abyecto.

Ahora sólo queda apelar a otra improbabilidad en la segunda vuelta. Pero qué quiere que le diga. Los oficialistas doblaron, en los dos sentidos de la palabra, a los matemáticos verdes. Estemos atentos, sin embargo, estas tres semanas que faltan. Que el desaliento no nos nuble la mirada.

Hace 150 años el anarquista romántico, el conde de Saint-Simon, propuso, en sus Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos, un gobierno mundial integrado por un consejo de 21 miembros: escritores, músicos, físicos, químicos y pintores. Todos presididos por un matemático. Era una locura, una utopía descabellada. No lo discute nadie. Pero, ¿qué haríamos sin ellas, las locuras inteligentes, las utopías que nutren los horizontes?

El lituano amazónico y tembloroso nos permitió acercarnos como nunca a ellas. Las acariciamos incluso con la yema de los dedos. Gracias, Antanas querido, seguido, admirado. Tu regalo fue precioso. Si hubieras ganado, a lo mejor, entre unos y otros, lo hubiéramos echado a perder.

Y es que ya lo sabemos, tú y yo, la nobleza embravecida se estrella a menudo con el muro del miedo y la estulticia. Mockus.

Marcelino Perello/exonline.com.mx

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