La copa del mundo

El torneo pone patas para arriba un orden mundial todavía dominado por Estados Unidos

ÁLVARO VARGAS LLOSA
La copa del mundo
LA Copa del Mundo se inició en Johannesburgo hace unos días, y una vez más la conexión entre política y fútbol está en la lengua de muchos. Hay cierta exageración respecto del efecto que tienen el triunfo y el fracaso en los gobiernos. La sensacional derrota de Brasil ante Uruguay, en el Maracaná, en la final de 1950 no perjudicó al gobernante Gaspar Dutra. La victoria de su sucesor, Getulio Vargas, meses más tarde no guardó relación con la hecatombe deportiva. El que Italia ganase el Mundial de 1982 celebrado en España no ayudó al primer ministro Giovanni Spadolini, el primero ajeno a la Democracia Cristiana de la posguerra, cuyo partido fue expulsado del poder poco después del triunfo de su selección.
Más que otros deportes, la Copa del Mundo genera «movilidad social». Los «golpes» de chicos contra grandes son frecuentes. Corea del Norte derrotó a Italia en 1966, Argelia superó a Alemania en 1982, Camerún se convirtió en la sensación de 1990. El hecho de que algunos países atrasados estén entre los principales equipos altera cada cuatro años el orden de prelación político y económico, al menos por unas semanas. El torneo pone patas para arriba un orden mundial todavía dominado por Estados Unidos. A pesar de que la Copa del Mundo atrae en este país a una audiencia televisiva similar a la de las Ligas Mayores del béisbol y fútbol es ya el principal esparcimiento deportivo de los niños, el impacto de este deporte sigue siendo relativamente menor como espectáculo. Sin embargo, el fútbol es una herramienta que los políticos estadounidenses utilizan de manera creciente para sintonizar con los hispanos, fuerza electoral en ascenso. El hecho de que el vicepresidente Joe Biden asistiera a la inauguración de la Copa del Mundo y al primer partido de su equipo contra Inglaterra, y de que Obama haya anunciado que seguirá el certamen con interés, tiene poco que ver con la política exterior. Es una cuestión de demografía interna y, por ende, de política. El Mundial, mientras tanto, da a Europa una extraña sensación reconfortante en estos días de espanto, permitiéndole mantener una ilusión de superioridad que ya no posee en otros campos. Europa es una potencia política y económica decadente si se la mide frente el auge de Asia. Pero en el Mundial, donde los europeos sobresalen, China, con una economía casi tres veces más grande que la de Alemania, es inexistente.
El fútbol internacional es también un catalizador de las tendencias relacionadas con la globalización. Más que otros deportes, ha derribado barreras contra el flujo de personas como de capital, bienes y servicios. La Copa del Mundo traerá un necesario alivio a naciones exhaustas por las consecuencias psicológicas de la crisis económica. Sudáfrica es un anfitrión apropiado. A pesar de la corrupción y el creciente autoritarismo del Congreso Nacional Africano, el hecho simboliza el surgimiento de países ansiosos por progresar.
(c) 2010, The Washington Post Writers Group

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