Habeas Corpus de Gustavo Aceves

Habeas Corpus de Gustavo Aceves

Todo se resume en una pregunta primordial: ¿cómo encarnar pictórica y simultáneamente, lo sagrado y lo profano? Es decir, ¿cómo integrar lo incorpóreo, invisible e ilimitado con lo corpóreo, visible y limitado? O más escuetamente ¿es posible una visión extrema y abismal?

Lo que es si la pintura retorna al grado cero, si rompe rutinas y clichés, si acoge el desgarramiento de un mundo herido por la soberbia antropocéntrica que ha obligado a los dioses a guardar silencio.

Estamos hablando de la obra de Gustavo Aceves, plasmada en espacios etéreos, bidimensionales e impenetrables, o en formas desvanecidas en que la material física trasmita el cuerpo carnal en recinto proyector de la soledad y el enigma existencial. La luz intensa que emerge desde las honduras del espacio absoluto, al mismo tiempo que ilumina la tierra, preserva el hermético escondimiento de los inmortales. Fragmentos de eternidad lacerada, epifanías que dejan ver al amparo de fondos áureos o plateados, el abandono padecido por el Cristo renacido y retornado, desnudo, ensimismado, modelado en forma repentina con los ojos cerrados y el cuerpo trágicamente estremecido.

Plantado en la tierra, forjando su muerte propia, entregando a la temporalidad finita, nuestro artista acoge y da residencia a lo eterno. Pensemos en un instantáneo relampaguear de lo olvidado por los asesinos de lo sagrado, que no obstante siempre está ahí; en palabras de los antiguos, el misterio primordial.

Si bien Gustavo Aceves mantiene la referencia a su existir propio e intransferible a su libertad y su creatividad no desconoce que la existencia radical mantiene una relación insoslayable con el acaecimiento de lo que está antes y después de los mortales pero que, sin embargo, requiere los tonos anímicos y las incertidumbres de cada uno, el dónde y el adónde que acompaña el paso de los adánicos en el aquí y ahora. Preservando, en fin, su diferencia singular y haciendo oídos sordos al vacío ruido de la muchedumbre, Gustavo Aceves atisba el oscurecimiento y la decadencia del mundo actual, propiciados por la voluntad de dominio desatada por hombres que en su afán de llegar a ser amos y poseedores de todo lo que es, han expulsado brutalmente del mundo a los inalcanzables.

Habeas Corpus de Gustavo Aceves

Baste entonces contemplar lo ofrendado para reconocer que los cuadros son fruto del asombro de acoger y atender el acaecer de lo que comparece sin porqué, con miras a devolver su morada sublime a los expulsados. Pero el asombro requiere romper con el yo y con el saber fáctico o con la pintura representativa; requiere abandonarse a lo excéntrico, mantener una relación de co-pertenencia con la otredad, situarse en la precariedad existencial en tanto punto de acceso a lo sin nombre e inefable; des-posesión de sí sin la cual resulta imposible ex-ponerse al des-ocultamiento de lo excesivo e innombrable.

La pintura puede hacerlo, su física puede alcanzar la meta-física, el dibujo elegante y mayestático, la demolición resuelta de imágenes cerradas y preciosistas, todo sostenido en una especialidad en un entre o umbral que permite el todo sostenido en una especialidad en un entre o umbral que permite el enigmático encuentro de lo finito con lo finito con lo infinito, de la materia y el espíritu. Habeas Corpus, comparecencia en libertad de Phycis, los mortales y los inmortales.

Hablamos de lo que hablamos: la pintura de Gustavo Aceves.
Jorge Juanes/diariodequeretaro

Deja un comentario