El fusilamiento de Gardner en los ojos de un testigo: «No saltó sangre. No hubo gritos…»

El fusilamiento de Gardner en los ojos de un testigo: «No saltó sangre. No hubo gritos...»

Un testigo describe cómo fueron los últimos momentos de Ronnie Lee Gardner, el preso fusilado este viernes en una cárcel de Estados Unidos. Gardner cenó un filete, langosta, tarta de manzana, helado de vainilla y un refresco Seven Up. Horas después fue ejecutado.

Los disparos llegaron sin previo aviso. El pelotón de fusilamiento disparó sus balas del calibre 30 sobre la diana colocada en el pecho del preso Ronnie Lee Gardner. Una de ellas, sólo una, era de fogueo, para seguir así la tradición de que ninguno de los ejecutores, todos ellos voluntarios, pueda tener la seguridad de que fue él quien acabó con la vida del ajusticiado.

Éste y otros detalles lo ha aportado un testigo presencial de la ejecución de Gardner en la prisión de Utah. Gardner había sido condenado por el asesinato del abogado Michael Burdell en 1985, cuando intentó escapar durante una audiencia judicial en la que se le acusaba de robo y de otro homicidio.

El testimonio del testigo, que reproducimos a continuación, es sobrecogedor:

“Pensé que debería estremecerme, pero no lo hice. Fue tan rápido, una décima de segundo, que llegué a preguntarme si realmente había sucedido. No hubo sangre saltando, ni un sólo grito por parte del condenado.

Como ocurre siempre en este tipo de ejecuciones, se había planificado al milímetro hasta el último detalle, desde el modo en el que el condenado y sus acompañantes debían dirigirse hacia la sala de ejecuciones, en rigurosa fila india y sin pronunciar palabra, hasta la forma en la que debía ser inmovilizado frente al paredón, con la diana en el pecho, justo en el lugar del corazón, y los brazos pegados a los lados.

Segundos antes del impacto de las balas el pulgar izquierdo de Gardner se juntó con su dedo índice. Cuando el pecho fue alcanzado, cerró el puño. Su brazo se alzó lentamente como si estuviera levantando algo y después se dejó caer. El movimiento se repitió.

Aunque el oscuro mono azul de la prisión impedía verlo con claridad, la sangre pareció correr alrededor de la cintura de Gardner. El silencio era ensordecedor.

El médico examinador chequeó el pulso de Gardner a ambos lados de su cuerpo. A continuación, abrió sus pupilas y las examinó con una linterna, ofreciendo un breve destello de su, ahora, blanca faz.

Eran las 12.17 horas. Sólo dos minutos habían pasado desde que se realizaron los disparos, pero yo sentía como si todo hubiera transcurrido a cámara lenta.

Alrededor de una hora después, los oficiales de la prisión dejaron a los medios de comunicación inspecionar la cámara. Había un fuerte olor a lejía, pero ni un sólo rastro de sangre. La única evidencia de que ese hombre había sido disparado y ejecutado eran cuatro orificios de bala en los paneles de madera negra donde había sido inmovilizado sobre la silla. De derecha a izquierda, la distancia entre ellos era de unas pocas pulgadas.

Los oficiales de la prisión dijeron que Gardner había ido a la cámara de ejecuciones el viernes por la mañana. Resulta difícil de imaginar, particularmente viniendo de Gardner, quien según su propio testimonio había pasado la mayoría de sus 30 años en prisión obsesionado por escapar.

A pesar de haber estado rodeado de docenas de oficiales de la prisión y testigos, Gardner murió solo. Nadie de su familia acudió a ver su muerte. Ninguno de sus abogados estuvo presente. Además, el condenado eligió no formular un último deseo ni un pensamiento. Quizás era su forma de conservar una pequeña parcela de privacidad en medio de una muerte tan pública.

larazondigital.es

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