El asno de oro

El asno de oro

Leí «El asno de oro» en la adolescencia. Quiero decir con ello que fue una de las pocas obras clásicas que se me escaparon de la lectura en esa etapa de mi vida en que transitaba la meseta de la infancia para acabar dando en las lomas de la pubertad.  Seguramente por eso comencé a recorrer sus páginas más movido por el rutinario sentido de la obligación de leer lo no leído que por el grato deseo de conocer algo nuevo. No tardé en percatarme de lo equivocado de mi actitud porque la novela de Apuleyo –sí, novela y en pleno resplandor del imperio romano –  es uno de los relatos iniciáticos más prodigiosos que se han escrito jamás. Su autor, desde luego, creía en la magia y llegó a escribir un tratado justificando su uso siempre que fuera para el bien.

Con todo, podría haber sido un absoluto escéptico y la historia habría seguido siendo excelente. Lucio, un joven corintio, se convierte en asno como consecuencia de un hechizo de esos que Apuleyo consideraba indignos. Desde ese momento, su único objetivo consistirá en recuperar su primigenia condición humana y para coronar con éxito su camino irá pasando por diversas peripecias. La meta de Apuleyo, por el contrario, fue la de entretenernos a través de una historia –¡que resultara verosímil! – y, a la vez, conducirnos a una reflexión espiritual que nos apartara de la superficialidad.  Lo primero lo consiguió, sin duda, retratando como pocos a las esclavas descocadas, a los comerciantes sin escrúpulos y a los farsantes del pelaje más diverso. Lo segundo quedó más frustrado porque, a fin de cuentas, Apuleyo creía en los cultos orientales y la permanencia de éstos en Occidente iba a recibir un tiro de gracia con el triunfo del cristianismo.

A pesar de todo, sí consiguió manifestar lo que tantos antes y tantos después han señalado y es que esta vida resulta insoportablemente leve y absurda si no existe la trascendencia.  Quizá por eso, cuando se lee «El asno de oro» no se tiene la sensación de que han pasado casi dos milenios desde que se redactó sino, más bien, de que acaba de salir del horno de la imaginación literaria.

Cesar Vidal!larazon.es!cultura

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