Duro y sentimental

Duro y sentimental

Dice Frank Sinatra en una de sus canciones: «He sido un vago. He caminado solo. Recorrí cientos de caminos. Y nunca encontré un hogar». Pero como Frankie fue siempre un estoico, en otro momento de la misma canción advierte que nunca se quejó de su suerte, porque, como él mismo admite con su inimitable cinismo,  «entre una cosa y otra, el amor se portó bien conmigo». En los peores momentos de su carrera el tipo duro y sentimental de Hoboken sintió que le fallaba la voz y que se estaba quedando sin contratos. Como no tenía nada mejor que hacer, se comprometió a interpretar el papel del soldado Maggio en «De aquí a la eternidad». Nadie creía que Frankie sirviese para algo serio en el cine, pero el director Fred Zinnemann casi no tuvo que repetir sus escenas y Sinatra ganó un merecido Oscar por su papel en una película de la que luego grabaría la hermosa canción del mismo título. Hay quien dice que con lo que le pagaron por aquella película en sus amargos días de rebajas, el mito apenas pudo canjear en los garitos de los peristas la mitad de sus papeletas de empeño. Siempre he sentido fascinación por Sinatra, no sólo por la portentosa calidad de una voz irrepetible, por su impecable fraseo o por lo bien que hacía las cosas que hacía mal, sino, y sobre todo, porque su piel siempre fue más resistente que la de los zapatos de quienes intentaron pisarlo. Un tipo que le conoció tomando copas de madrugada en Cleveland, me contó hace muchos años que al final de una interminable noche de bares y cuando sus compañeros de juerga pidieron unos botellines de agua porque habían bebido demasiado y estaban doblados, Sinatra se negó porque, según él, la única bebida que le producía vómitos era el agua de Cleveland. Esto otro no me lo dijo aquel tipo, pero por lo que cuentan sus biógrafos y por la imagen que todos tenemos de él, del noctámbulo Frank Sinatra podías tener la absoluta seguridad de que jamás estaba recién levantado.

Una madrugada me dijo una fulana en el Savoy: «Fui amiga de una camarera que le conoció en el ‘‘Sand´s” de Las Vegas y puedo asegurarte que la mano izquierda la necesitaba Sinatra para cobrar el dinero que le costaba mantener los vicios de la otra mano. Apenas dormía y actuaba con un cigarrillo encendido en la mano. Nunca tenía prisa. El maravilloso Sinatra era la clase de hombre al que jamás multarían por exceso de velocidad al volver tarde a casa».

Jose Luis Alvite/larazon.es

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