Días de sol y banderas

Días de sol y banderas

Nunca creí en el patriotismo como algo que se puede fomentar inculcándolo como una asignatura. Es difícil persuadir a alguien de que sienta una emoción que no responde a una necesidad previa, igual que no se puede  extender un aroma sin la brisa que lo propague. A diferencia de lo que ocurre con el sexo, no existe una fisiología del patriotismo, aunque en España estemos históricamente  acostumbrados a una visión visceral de los símbolos que tendrían que identificarnos ante el mundo. Resulta sorprendente que seamos tan rebeldes para respetar la paz que nos une y tan disciplinados para luchar luego por reponerla. ¿Por qué diablos seremos tan unidos para odiarnos? Como es lo que mejor conozco, puedo contar que los gallegos somos muy díscolos cuando se trata de dirimir las lindes de un terreno y hay quien mataría por defender la sombra de un árbol que plantó su abuelo, pero es raro que alguien discuta el respeto al cadáver de su peor enemigo o la ampliación del cementerio. Es en el momento del fracaso donde por lo general damos lo mejor de nosotros mismos. Por eso con motivo del fracaso general de nuestra economía, tutelados por políticos que malamente saben callar y en medio de una crisis que amenaza con devolvernos con el hambre a la boca los huesos que enterraron nuestros perros y las hirientes espinas del pescado, volvemos los ojos hacia Suráfrica y pensamos que nuestra redención como país depende de lo que hagan los muchachos de la selección  española de fútbol. Si históricamente nuestros hundimientos como pueblo se redimían con una brillante generación literaria, ahora todo va a depender de que lo que esos muchachos hagan con una pelota. Es por ellos por quienes asoman estos días las banderas en balcones y ventanas en los que jamás antes estuvieron. Es a ellos a quienes se debe el renacimiento tardío y puntual de un patriotismo que en otros tiempos habría necesitado de una guerra para cuajar. ¿Sentiríamos ese patriotismo sin la previa necesidad de tener a mano algo que nos una frente a las calamidades que nos afligen? Es obvio que el suscitado por el fútbol es un patriotismo circunstancial y pasajero, pero eso es mucho en un país en el que, por desgracia, demasiadas veces hemos resuelto con ríos de sangre las jodidas diferencias que tendríamos que haber arreglado con ese patriotismo elemental y pasajero que prefiere llenar los estadios en vez de ampliar los cementerios. La buena noticia es que corren días de sol y banderas en un país en el que el patriotismo ha estado siempre peor visto que cualquier enfermedad venérea.

Jose Luis Alvite/larazon.es

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