Cuando el balón deje de rodar

El Jabulani es una pequeña comunidad muy pobre de Soweto. Sus habitantes no se atreven a llamarle barrio, le dicen “hostal”. Ahí cada semana las mujeres casadas y más viejas hablan con otras y las aconsejan. A las pequeñas les enseñan a ser buenas mujeres zulúes. Sobre todo a guardar su virginidad hasta los 21 años, ya que es su mayor atractivo, un valor para su familia.


Usos y costumbres. Junio de 2010.

Usos y costumbres. Junio de 2010. Foto: Especial

Johannesburgo, Sudáfrica. Se llama Jabulani. Sí, como el balón que tantos líos ha causado a porteros y delanteros en el Mundial. Este Jabulani —que quiere decir felicidad— es, digamos, lo contrario a su significado.

El Jabulani que visité es una pequeña comunidad pobre, pobrísima, de Soweto. Sus habitantes no se atreven a llamarle barrio, le dicen “hostal”. Son unas construcciones hechas por el gobierno para dar algo de dignidad a inmigrantes que llegan a la ciudad en busca de empleo. Son paredes de ladrillo con techo de asbesto. A la manera sudafricana son estructuras de seis o siete habitaciones con un área común que contiene la cocina, un comedor y un par de silones de descanso.

En cada habitación vice una familia, no importa su tamaño.

El número oficial del desempleo en Sudáfrica es de 25 por ciento. Leyó usted bien: uno de cada cuatro sudafricanos en edad de trabajar no trabajan. Los estimados extraoficiales ponen la cifra cerca del 40 por ciento. Por eso existen los Jabulanis…

Estoy en Jabulani gracias a Patience, mi guía e intérprete en el mundo de las etnias sudafricanas. Patience quiere mostrarme con lo que no está de acuerdo. Es zulú, nació y vivió en Soweto, el barrio de Zola, uno donde la policía teme entrar. El día que se terminó el Apartheid, Patience fue a tomar sus clases de manejo y se propuso comprar un auto. Antes, me cuenta, no lo hubiera hecho porque hubiese sido sospechoso. De dónde había sacado el dinero, le hubieran preguntado. En los últimos diez años ha tenido tres coches. No se ven muchas mujeres negras en Johannesburgo manejando. Patience es una de ellas.

En Jabulani nos encontramos con Nom Tandazu. Por la que oramos, quiere decir su nombre. Es una mujer joven, guapa, que nos ayuda a convencer a las mujeres de la comunidad a conversar conmigo.

La negociación es larga. Mis argumentos pasan del inglés al zulú, del zulú al inglés. Nom Tandazu me explica que la desconfianza de la comunidad es porque el gobierno tiene una campaña para que no se exhiba la tradición de la que me van a hablar. Al final acceden y me llevan a un pequeño patio donde me encuentro con un trío de mujeres jóvenes y tres niñas. Me acompañan tres mujeres de mayor edad.

Ahí soy testigo de un pequeño acontecimiento que de hecho se da cada semana. Las mujeres casadas y más viejas hablan con las otras de la comunidad, las aconsejan, las guían. El contenido del consejo es el que asombra.

A las pequeñas, apenas bordeando la pubertad —las vírgenes, les llaman—, les enseñan a ser buenas mujeres zulúes. Sobre todo a guardar su virginidad hasta los 21 años. Su virginidad se convierte en su mayor atractivo, en un valor para su familia. A los 21, sus padres matarán una cabra y harán una fiesta. Anunciarán al mundo que su hija está lista para ser desposada. Llegarán los pretendientes. Quien en verdad la quiera y a quien ella escoja tendrá que ofrecer Lobolo, una dote. Si la mujer es virgen y no ha tenido novios, pagará a la familia de su novia hasta 11 vacas. En la ciudad las vacas quieren decir dinero. Hasta 35 mil rands. Unos 5 mil dólares. Aceptada la dote, la mujer pasará a ser responsabilidad del marido y su familia política. Con ellos tomará las decisiones fundamentales de su vida. Sólo trabajará si él lo permite. Sólo saldrá sola a la calle si él quiere.

Todo esto me explican en el pequeño patio de Jabulani. Me muestran los vestidos tradicionales y me los describen: las vírgenes usan ciertas faldas, las mujeres de 21 no casadas no pueden llevar nada en la cabeza, eso las anuncia como disponibles. Las que ya tienen prometido que ha ofrecido vacas a su padre, utilizan tocados. Hablo con las solteras. Todas me dicen que les urge casarse. Es una vergüenza que nadie quiera pagar por una.

En la tradición zulú —mayoritaria—, la poligamía es aceptada y prevalente. Mediante se pague la dote, un hombre podrá tener cuantas mujeres quiera. Los gobiernos de Nelson Mandela y Thabo Mbeki intentaron desalentar la práctica, pero el actual presidente, Jacob Zuma, un zulú de extracción popular, tiene cinco esposas y acaba de ofrecer Lobolo por otra. Formalmente el gobierno “desaprueba” la práctica, pero sin la energía que lo hizo en años anteriores. Los números de hombres polígamos han crecido exponencialmente en los últimos años.

Y si es cierto que Johannesburgo u otros centros urbanos se intenta esconder, en las zonas rurales es abierta. Las mujeres de Jabulani me argumentan a favor de la poligamia, me hablan de sus ventajas. Es lo mismo que el divorcio, dice una de ellas, nada más que aquí las mujeres se tienen al mismo tiempo. Una mujer, por cierto, me confirman, no puede tener más que un hombre.

Salimos de Jabulani y a Patience se le escapa una lágrima.

Después sonríe. Si este país logró acabar con una gran injusticia, me dice, terminaremos con otra… Una tarea más cuando el balón deje de rodar en Sudáfrica.

Carlos Puig/mileniodiario

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