Casillas

Casillas

Ni la consecución del campeonato del mundo de fútbol salvaría a Zapatero de su morrón. Ahí están las encuestas, estremecedoras para los socialistas y sus socios. Su única esperanza –y el juego de palabras fluye con casual sentido–, es Tomás Gómez, el titán de Parla, al que los sondeos le conceden una mayoría absoluta en la Comunidad de Madrid. El problema es que los referidos sondeos no pueden ser tomados en serio, porque han sido efectuados en su casa y con sus familiares más cercanos. Y no le dan una victoria unánime. Su tía Remedios Gómez ha apostado por Esperanza Aguirre, y su prima Angelines Gómez, se inclina por la abstención.

Para colmo de Zapatero, vuelan entre su futuro y el de la Selección Nacional de fútbol los amores de Casillas. Iker Casillas, portero titular de la Selección y del Real Madrid, no ha cumplido un buen año. Demasiados altibajos anímicos, anuncios publicitarios, asistencias a eventos y viajes solidarios. Y eso se nota en los reflejos. En condiciones normales, Casillas es el mejor portero de España, sin espacio para la duda. Pero este año, en el Real Madrid, ha cantado más que Dodó Escolá, aquel gran intérprete de la canción surrealista injustamente olvidado. Sucede que Casillas es un deportista que cae muy bien, porque suma a su calidad futbolística, una gran calidad humana. Es sencillo, generoso, deportivo y leal. Pero también enamoradizo. «Un hombre enamorado tiene menos capacidad de reacción que una almeja», dejó bien dicho Boris Semionov, cuando fue juzgado por un tribunal militar soviético acusado de indolencia. El sargento Semionov, ante su pantalla del radar del submarino nuclear «Krasnaya Mir», no advirtió de la presencia ni del paso de siete submarinos norteamericanos en plena Guerra Fría. Pensaba en su amada Olga y no estaba en condiciones de concentrarse en otra cosa. Fue fusilado.

En este aspecto, Casillas puede estar tranquilo. Pero no los aficionados, y menos aún, Zapatero, que aún cree que un triunfo en el Mundial de Sudáfrica aliviaría el golpe de su seguro batacazo. Casillas padece la conocida melancolía epidérmica. Para Copérnico, todo el mundo giraba a su alrededor. Para Casillas, todo gira en torno a la piel de su amor. El gol que le metió el árabe del entrenamiento sólo lo encaja un guardameta melancólico. No hubo fallo en su acción, sino exceso de amor, cúmulo de añoranzas. Los grandísimos futbolistas de antaño no frecuentaban el artisteo y el modelerío. Su vida se centraba en el fútbol y la dulce costumbre del lecho conyugal. Se despedían de sus mujeres el viernes para concentrarse con sus equipos, y lo hacían felices. Pero un futbolista de hoy, guapo, sencillo, triunfador, rico y con buenos sentimientos como Casillas, lo tiene dificilísimo. Le salen bellezas en cada tiesto. Y si Cupido actúa, los balones entran. Un delantero puede disimular la melancolía epidérmica, pero no un portero. El guardameta, cuando es grande, canta más que un mediocre en situación de ánimo entristecido. Casillas necesita una reacción, un enfado, una decisión del seleccionador para que supere su cabeza a pájaros. En el orgullo herido está su tabla de salvación. La suya, la de la Selección de España, la de su afición optimista y sobre todo, la de Zapatero, que cree que la victoria de España le podría salvar. Está mal de la chochola.

Alfonso Ussia/larazon.es

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