Buganvilla en la oscuridad

Buganvilla en la oscuridad

Como en cualquier lugar que fuese real, también en el territorio Facebook puede uno vagar sin rumbo mientras mira las lucecitas verdes del chat, como si fuesen el resplandor de las ventanas urbanas en las que al avanzar la madrugada va amainando la luz hasta que sólo quedan prendidas las lámparas de alguien que está enfermo y vela su fiebre, la tulipa del tipo solitario que rastrea una posible e improbable amistad verdadera, o la luz tiffany que alumbra apenas sobre el teclado del ordenador la mano de la mujer que aún confía en la presencia virtual del tipo hosco y transeúnte, pero fiable, que le ayude a cambiar de vida aunque sólo sea para saltarse de vez en cuando a la torera la semanal rutina de las legumbres. Frecuento Facebook por la noche y me he dado cuenta de que proliferan la soledad, el cansancio y la franqueza. A veces elijo a alguien al azar y suelto en el cursor el anzuelo de una pequeña frase para llamar la atención,  como quien a merced de las olas lanza el autógrafo fluorescente de una bengala en medio de la noche con la esperanza de que su resplandor les abra al menos los ojos a los peces.

Buganvilla en la oscuridad
A veces la buganvilla de la bengala se malogra en el aire hasta esfumarse en la oscuridad, pero esta noche la luz casi astral de la bengala le ha abierto los ojos a una mujer que escribe en la ventanita del chat sin ocultar ni su escepticismo, ni su cansancio:  «¿Es a mí? ¿Y tú quién eres? Es tarde. No creí que hubiese nadie vivo a estas horas. Estoy algo cansada. Si dijese algo, posiblemente sería sincera y te reirías de mí». Dudé unos segundos y afronté la situación:  «Pasaba por aquí y he visto luz en tu ventana. ¿Sabes, amiga?, en medio de una noche tan oscura cualquier luz en la ventana es como un ruido amarillo hecho por el polen de la electricidad al gotear del pincel sobre un cuadro de Hopper». Cliqué, ella lo leyó y al rato tuve su respuesta: «No sé muy bien qué me quieres decir pero me gusta. Suena bien. No sé quién eres pero aunque fueses mala gente puedo decirte que al acercarte me has sonado como las pisadas de un santo».
Prendí un cigarrillo y traté de explicarme: «Celebro haberte encontrado. Tampoco yo sé quién eres. Es tarde y quedan sólo unas pocas luces encendidas en el chat. He clicado al azar y has salido tú. No pretendo nada. Sólo quería asegurarme de que estabas viva. La muerte no da olor en Facebook». Esperé un par de minutos mientras veía el símbolo de la escritura en el renglón inferior. Por fin saltó la banda azul con el numerito rojo. Allí estaba la respuesta: «Gracias por preocuparte. He mirado en tu perfil y sé quién eres. Celebro que no te hayas suicidado. Si lo pasas mal, dile a tu luz que busque a la mía. También yo soy un ser solitario. Y si estoy aquí es porque en Facebook incluso la muerte necesita bengalas para anunciarse»… (A Isa Cava Macías, porque se lo merece).

Jose Luis Alvite/larazon.es

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