Bafana, bafana, ¡Bah!

Bafana, bafana, ¡Bah!

Johannesburgo no es una fiesta. Al menos no todavía. Algunas agencias y televisoras dirán lo contrario, pero la mayor parte de esta ciudad gigantesca y oscura está más bien apagada. Y retrasada.

Hay cuadrillas de trabajadores negros plantando jardineras en avenidas. Se siente que los sudafricanos no terminaron de hacer la tarea. O que les dejaron demasiada tarea para el grado que cursan.

Pero, en fin, aquí estamos, en el arranque del primer Mundial en un país subdesarrollado desde México 1986. Dicen en la calle que la selección nacional, los Bafana, Bafana (muchachos, muchachos), es el equipo de los negros, y que los blancos seguirán el juego de hoy con alguna emoción patriotera y nada más, porque lo suyo, lo suyo-suyo, es Invictus, es el rugby, son los blancos.

Sudáfrica, al menos es la percepción que queda en las primeras horas de recorrido, sigue siendo Mandela y la lucha de Mandela y la salud de Mandela. Como si la portentosa historia de su liberación, encumbramiento político y mandato presidencial en los 90 hubiera detenido el reloj para siempre. Hay algo viejo en esta nación joven: el concierto del Mundial abre con el trompetista Hugh Masakela, triunfador en el festival pop de Monterey, California, en 1967. Y con una versión de “Pata, pata”, éxito mundial por esos años.

Sus futbolistas no existen, a nadie le importan, carecen de identidad y futuro. Son los Bafana, Bafana en colectivo, la representación futbolera de un país urgido por demostrar que está para grandes cosas, colgado de Mandela, Masakela, “Pata, pata”. Y ahora, los Bafana, Bafana.

No hay pretexto, pues. Desde Johannesburgo, México se ve grande: futbolística, social, culturalmente.

Bafana, Bafana. ¡Bah!

Ciro Gomez Leyva/mileniodiario

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