Aprender a perder

Aprender a perder

La modernidad, entre otras cosas, implica la asfixiante glorificación del triunfo. Vivimos una cultura global del éxito o, dicho de otra manera, padecemos la universalización avasallante del “American Dream”, es decir, la creencia de que cualquier hijo de vecino puede subir infinitamente la escalera del dinero y del poder por poco que tenga “iniciativa” y deseos auténticos de triunfar.

En esta imparable carrera de obstáculos, repetimos machaconamente el “sí se puede” —mantra imprescindible para propiciar la promoción personal— y le otorgamos a la fe una importancia suprema como si los logros y las conquistas sólo fueran un asunto de “actitud”.

Por encima de todas las cosas, hay que “creer” en las propias posibilidades. Dudar es un pecado y mostrar vacilaciones es una señal anticipada del fracaso. Para el debido adoctrinamiento, contamos con infinidad de libros de autoayuda, programas de “desarrollo” y consultorios de modernos brujos donde te enseñan a confiar en ti mismo y a desplegar plenamente tus “potencialidades”. El éxito por decreto se ha convertido en una de las religiones más populares del mundo contemporáneo.

Pero ¿qué pasa con la adversidad y con el fracaso? Y ¿qué ocurre cuando los antiguos seguidores de la postura triunfalista se trasforman, de pronto, en unos simples “perdedores”? Lo digo, justamente, porque se está celebrando, en estos mismos momentos, el gran ritual de la derrota. En el Mundial todos pierden. De eso va el tema. Al final, naturalmente, un equipo alzará la copa de campeón. Pero en el camino habrán quedado 31 competidores vencidos; unos habrán perdido porque deseaban obtener el título; y otros, porque aspiraban, digamos, a jugar un “quinto partido” o a exhibir mejorías luego de años enteros de trabajo.

Es saludable perder, creo yo. Porque, al final, la vida es, entre otras cosas, una forzosa sucesión de pérdidas: con el pasar de los días, vamos perdiendo juventud, salud, habilidades, etcétera. Y ningún triunfalismo de receta puede contra esta realidad. Bendito futbol…

Roman Revueltas Retes/mileniodiario

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