Adictos, enganchados, celestiales

Adictos, enganchados, celestiales

El otro día una señora casi pega a otra por el humo del tabaco. A veces, las paradas de autobús repletas de ancianos son lo más peligroso y violento de la ciudad. “¡Os encarcelen a todos!”, a los fumadores, imagino. “¡Deberían prohibiros fumar en los lugares públicos!”. Maldita moda esta, la de montar marquesinas cuadradas, cubículos de cristal en donde el humo no vuela libre, sí apesta. Fumo. A veces. Quiero dejarlo. Sobre todo porque cuando implanten la nueva ley sería capaz de suicidarme si ni en la discoteca me dejaran encender un cigarro. ¿Cómo bailar La Roux sin un pitillo en la boca? Cada vez fumo menos. Compro cigarrillos sueltos en los badulaques y de vez en cuando me quedo con el paquete de mi novio cuando este va a visitar a sus padres. (Obviamente con paquete no me refiero a lo que muchos estamos pensando, de lo contrario los problemas de las relaciones a distancia estarían solventados desde hace tiempo).

Pero reconozcámoslo. Dejarlo es imposible. Abandonar los vicios. Abandonar los miedos, la idiotez, la hipocresía… Eso ocurre en el Vaticano. Ni con los parches celestiales son capaces de erradicar su mala educación. La nicotina es como la cabezonería. Muestra de ello es su reacción ante la muerte de Saramago. Y miren que yo no he leído al autor. Pero sé de su lucha y de su ideología. Y sé también cuánto se han alegrado esos señores amén de que uno de nuestros intelectuales más combativos se haya marchado. ¿Qué os importa? ¿No sabéis que los que os repudiamos somos muchos? Venimos en cajetillas de veinte. Somos tóxicos. Somos ateos. Somos listos… pero a la sociedad sois vosotros los que le provocáis cáncer.

Luna Miguel/abc.es

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